lunes, 15 de junio de 2009

Viva Lisbeth

En mi opinión de lector rendido, el personaje central de la trilogía Millenium, escrita por el sueco Stieg Larsson, es Lisbeth Salander.
Me temo que no soy el único que se ha rendido ante esta mujer, sin que importe demasiado si las tres novelas están bien escritas o tienen las suficientes pretensiones literarias.
Salander es un personaje extremadamente atractivo, bien y profundamente dibujado que, para mí, llama poderosamente la atención por dos motivos: Es una mujer. Y dos: Es, además una mujer rara. Rara porque, aunque se la dibuja como particularmente atractiva, es, sin embargo, muy delgada, bajita, inadaptada y muy inteligente.
Su rareza estriba en que no se comporta ni como una mujer objeto, ni como una mujer armada de unas dotes de seducción que utilice con destreza, salvo en contadas ocasiones. Sin embargo, el personaje despierta morbo y admiración a partes iguales. Morbo, porque su actitud en sociedad la convierte en un reflejo de la libertad con la que a algunos nos gustaría comportarnos, vestirnos y conducirnos por la vida. Y admiración porque, siendo tan poca cosa, es capaz de comportarse como una auténtica perra, subvertir el orden, maquinar con sagacidad y sentido, y, por lo tanto, aprovecharse de situaciones que a priori, parecían muy comprometidas.
Lisbeth Salander supone una subversión de los cuentos de hadas. Supone una negra sacudida para que las mujeres superen los condicionantes sociales que las atenazan en todas las sociedades del mundo, una negra sacudida distinta, moderna y comprometida. Supone un grito a favor de una igualdad auténtica entre hombres y mujeres. Ella viaja sola, aunque algunos amores extraños le salgan al encuentro. En eso también se distingue de las princesas de los cuentos de hadas: Su amor no tiene por qué ser para toda la vida, ama a mujeres y a hombres. Su amor también comporta traumas.
Salander se sitúa en el extremo opuesto de la princesa tonta, tocada por el destino, siempre a la espera del caballero que la salve: Ella salva a los que suponía que eran los caballeros, ella defiende ideales, combate y arriesga. Ella se ha convertido en caballero. En un caballero marginal, de comportamiento errático y ademanes altivos, nada que ver con los modales cortesanos que se le suponen a aquellos.
Salander sólo comparte con las princesas de los cuentos su misma suerte y los sucesos novelescos que componen su vida.
Lisbeth es una sociópata, según se desprende de la opinión del propio autor publicitada en algún periódico. Pero esa enfermedad es la que la hace única, la que le da una visión particular de la vida y de su entorno, la que la convierte en un bólido. Y lo más importante, la que paradójicamente le otorga un sentido de la justicia que para si quisieran muchos cuerdos, aunque uno convenga que sus métodos para impartirla no son los más recomendables, desde luego.
Otra paradoja que atañe a la enfermedad mental de Salander es que lo que, en su caso, se diagnostica como una enfermedad mental, en el comportamiento de otros muchos podría considerarse excentricidades, cuando no genialidades, lo que nos lleva a preguntarnos dónde se coloca el límite. En definitiva, para muchos, Salander, la enferma, es un modelo.
Salander es, además de una llamada a las mujeres, un toque de atención para los hombres. Para que aprendamos que el valor de las mujeres (si es que se las puede tomar de este modo, generalizando de un modo tan grosero), sus ideas, en definitiva, el modo en que manejan y plantean su vida merece respeto.
Viva Lisbeth. Viva Larsson.

No hay comentarios: