En la parada anterior, el vagón quedó atestado de gente. Una señora se le colocó justo delante, muy cerca. La bolsa que llevaba le rozaba en las rodillas.
Fue rozándole mucho tiempo, separándose únicamente cuando el tren aceleraba su marcha, pero echándosele encima en cada frenazo.
Miró a la señora con gesto serio, pero ella no pareció darse cuenta de que estaba punto de estallar. Y, ante semejante falta de atención, optó por hacer la guerra.
Le pareció una cuestión de orgullo.
Empezó a mover las piernas, ocupando más espacio. Golpeó la bolsa, lanzó sus rodillas contra ella cada vez que el tren paraba, pero nada pudo evitar el roce de aquella bolsa hasta que finalmente se bajó en su destino con una agradable sensación de triunfo y ya desde entonces putea a todo el que puede en el transporte público.
miércoles, 3 de junio de 2009
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