Ni poderosos ni ricos hacen trasbordo en Alonso Martínez en hora punta, cuando el pasillo que va de un andén a otro y de todos ellos a la calle, o viceversa, ya de por si angosto, se estrecha aún más con cintas que, supongo, con el fin de facilitar el acceso de todos los que llegan por distintos corredores a las mismas zonas comunes, coloca el personal de sguridad y con la multitud, somnolienta, que se apelotona a la espera de poder acceder a las escaleras mecánicas.
Somos los de siempre, los habituales. Puede que falle alguno y que aparezca alguien nuevo, pero solemos ser los de siempre, los habituales.
Qué fácilmente se defienden discursos, principios y arengas desde púlpitos, caballos, estrados, atriles y tribunas.
Y lo peor, lo peor no es que necesitemos realismo, no; gobernantes y emprendedores que pisen las calles de verdad y no las aceras limpias, manchadas únicamente por las hojas que caen de los magnolios.
Lo peor, lo peor (si es que es tan humanamente lógico) es que ni ricos ni poderosos tienen el más mínimo interés por bajar a las escaleras atestadas del trasbordo de Alonso Martínez, por sufrir las embestidas de la piara, por mandar a tomar por culo al puto vigilante que apoya su culo en el pasamanos de las escaleras mientras berrea: "Si van por la izquierda no se paren, dejen pasar".
Él también es un habitual, el de siempre. Y seguro que entenderá que lo manden a tomar por culo.
jueves, 18 de junio de 2009
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