lunes, 29 de junio de 2009

El Senado y los galgos 15

Tenía Zaratustra treinta años cuando dejó su patria y el lago de su patria y se marchó a las montañas. Gozó allí de su espíritu y de su soledad, y durante diez años no se cansó de hacerlo. Finalmente, su corazón se transformó, y un día se levantó al amanecer, se encaró con el sol y le dijo:
“¡Oh, gran astro! ¿Crees que sería feliz si no tuvieras a alguien a quien iluminar? Hace diez años que subes a mi cueva; si no fuera por mí, por mi águila y por mi serpiente ya te habrías cansado de tu luz y de tu camino. Pero nosotros te esperábamos todas las mañanas, te aligerábamos de lo que a ti te sobra y te bendecíamos por ello. Quiero que sepas que estoy harto de mi sabiduría, como la abeja que ha almacenado demasiada miel, y que necesito manos que me pidan. Quisiera dar y repartir hasta que los sabios que haya entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura, y los pobres, de su riqueza. Para eso he de descender a las profundidades, como haces tú al oscurecer, cuando te hundes por detrás del mar, para llevar tu luz incluso a lo que está más abajo del mundo, ¡astro desbordante de riqueza! Al igual que tú, he de hundirme en mi ocaso, como dirían los hombres a quienes quiero descender. ¡Bendíceme, pues, ojo impasible, capaz de contemplar sin envidia incluso una felicidad excesiva! ¡Bendice esta copa ansiosa de desbordarse y de derramar su dorada agua para que lleve por doquier el resplandor de tus delicias! ¡Mira esta copa que abhela volver a vaciarse; mira a Zaratustra, que quiere volver a ser hombre!”
Así empezó el ocaso de Zaratustra.

Friedrich Nietzsche. Así Habló Zaratustra

Smooth Criminal. Michael Jackson

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