Qué hermosas palabras las escritas por Anson en su Imparcial (www.elimparcial.es) y en El Mundo, a propósito de la muerte de Michael Jackson, y que, para compartir, seguramente puedan encontrarse aquí:
http://www.elimparcial.es/opiniones_autor/5200.html
No me sorprenden. Sólo agradan. Puede estarse de acuerdo o no.
Pero queda el poso de la alabanza, señal de la admiración.
martes, 30 de junio de 2009
lunes, 29 de junio de 2009
El Senado y los galgos 15
Tenía Zaratustra treinta años cuando dejó su patria y el lago de su patria y se marchó a las montañas. Gozó allí de su espíritu y de su soledad, y durante diez años no se cansó de hacerlo. Finalmente, su corazón se transformó, y un día se levantó al amanecer, se encaró con el sol y le dijo:
“¡Oh, gran astro! ¿Crees que sería feliz si no tuvieras a alguien a quien iluminar? Hace diez años que subes a mi cueva; si no fuera por mí, por mi águila y por mi serpiente ya te habrías cansado de tu luz y de tu camino. Pero nosotros te esperábamos todas las mañanas, te aligerábamos de lo que a ti te sobra y te bendecíamos por ello. Quiero que sepas que estoy harto de mi sabiduría, como la abeja que ha almacenado demasiada miel, y que necesito manos que me pidan. Quisiera dar y repartir hasta que los sabios que haya entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura, y los pobres, de su riqueza. Para eso he de descender a las profundidades, como haces tú al oscurecer, cuando te hundes por detrás del mar, para llevar tu luz incluso a lo que está más abajo del mundo, ¡astro desbordante de riqueza! Al igual que tú, he de hundirme en mi ocaso, como dirían los hombres a quienes quiero descender. ¡Bendíceme, pues, ojo impasible, capaz de contemplar sin envidia incluso una felicidad excesiva! ¡Bendice esta copa ansiosa de desbordarse y de derramar su dorada agua para que lleve por doquier el resplandor de tus delicias! ¡Mira esta copa que abhela volver a vaciarse; mira a Zaratustra, que quiere volver a ser hombre!”
Así empezó el ocaso de Zaratustra.
Friedrich Nietzsche. Así Habló Zaratustra
Smooth Criminal. Michael Jackson
“¡Oh, gran astro! ¿Crees que sería feliz si no tuvieras a alguien a quien iluminar? Hace diez años que subes a mi cueva; si no fuera por mí, por mi águila y por mi serpiente ya te habrías cansado de tu luz y de tu camino. Pero nosotros te esperábamos todas las mañanas, te aligerábamos de lo que a ti te sobra y te bendecíamos por ello. Quiero que sepas que estoy harto de mi sabiduría, como la abeja que ha almacenado demasiada miel, y que necesito manos que me pidan. Quisiera dar y repartir hasta que los sabios que haya entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura, y los pobres, de su riqueza. Para eso he de descender a las profundidades, como haces tú al oscurecer, cuando te hundes por detrás del mar, para llevar tu luz incluso a lo que está más abajo del mundo, ¡astro desbordante de riqueza! Al igual que tú, he de hundirme en mi ocaso, como dirían los hombres a quienes quiero descender. ¡Bendíceme, pues, ojo impasible, capaz de contemplar sin envidia incluso una felicidad excesiva! ¡Bendice esta copa ansiosa de desbordarse y de derramar su dorada agua para que lleve por doquier el resplandor de tus delicias! ¡Mira esta copa que abhela volver a vaciarse; mira a Zaratustra, que quiere volver a ser hombre!”
Así empezó el ocaso de Zaratustra.
Friedrich Nietzsche. Así Habló Zaratustra
Smooth Criminal. Michael Jackson
miércoles, 24 de junio de 2009
Estamos lejos de innovar
Habla el empresario: "Así no puedo seguir. Demasiado esfuerzo para obtener tan poco resultado. Obviamente, si me planteo una inversión es para recuperarla y ganarle dinero. Así funcionan las cosas: yo lo anticipo, lo recojo después y me llevo algo, bastante. Pero si resulta que en otros lugares tengo menos cargas, me es fácil ganar más y tengo que dar menos explicaciones, pues allá que me voy."
Habla el trabajador: "Hay que tener muy claro que no me pagan ni por asomo lo que vale mi trabajo y si me voy a la calle, ¿qué me queda? Un subsidio. Pero yo quiero trabajar. Tampoco pido más. Doy tiempo y esfuerzo a cambio de una parte del valor que produzco. Tampoco es que quiera quejarme, pero, por lo menos, podrían hacer más justicia, pagar lo que valgo, respetarme, darme una estabilidad".
Y ahora, ¿qué?
Habla el trabajador: "Hay que tener muy claro que no me pagan ni por asomo lo que vale mi trabajo y si me voy a la calle, ¿qué me queda? Un subsidio. Pero yo quiero trabajar. Tampoco pido más. Doy tiempo y esfuerzo a cambio de una parte del valor que produzco. Tampoco es que quiera quejarme, pero, por lo menos, podrían hacer más justicia, pagar lo que valgo, respetarme, darme una estabilidad".
Y ahora, ¿qué?
martes, 23 de junio de 2009
¿Distingamos?
Me pasa a mi también, que soy un gran ignorante.
Muchas veces, además.
El caso es que, al opinar sobre lo que hacen otros, en algún otro campo de actividad humana, por lo general, alejado de aquel otro en el que balbuceamos mejor, solemos (los que a veces no sabemos medir las distancias) caer en tópicos y generalizaciones que nos dejan en evidencia.
Hay quien a partir de una entrevista, tienden a hacer un diagnóstico de todo un medio de comunicación.
Esto es especialmente normal en los casos de la radio y de la televisión. Supongo que también pasará con internet, caso de algunos países en los que, según sus castas dirigentes, es la punta de lanza de la corrupción occidentalizante.
¿Es periodismo la entrevista de AR a Aznar? ¿Y la del Follonero a Otegui? ¿Son puro espectáculo? ¿Hasta qué punto? ¿Son algo más? ¿Una mezcla de demasiadas cosas?
Muchas veces, además.
El caso es que, al opinar sobre lo que hacen otros, en algún otro campo de actividad humana, por lo general, alejado de aquel otro en el que balbuceamos mejor, solemos (los que a veces no sabemos medir las distancias) caer en tópicos y generalizaciones que nos dejan en evidencia.
Hay quien a partir de una entrevista, tienden a hacer un diagnóstico de todo un medio de comunicación.
Esto es especialmente normal en los casos de la radio y de la televisión. Supongo que también pasará con internet, caso de algunos países en los que, según sus castas dirigentes, es la punta de lanza de la corrupción occidentalizante.
¿Es periodismo la entrevista de AR a Aznar? ¿Y la del Follonero a Otegui? ¿Son puro espectáculo? ¿Hasta qué punto? ¿Son algo más? ¿Una mezcla de demasiadas cosas?
lunes, 22 de junio de 2009
Temor
Partamos de la base de que generalizar es una estupidez soberana. Y además, es imposible, como reza el título de una canción de Los Planetas.
Sin embargo, es muy cierto que en el reino animal la amenaza del castigo ha servido, sirve y servirá para impedir ciertos comportamientos.
Los hombres nos hemos dotado del castigo para impedir comportamientos asociales y conductas que, a lo largo de los tiempos, se han considerado ilícitas. Con el fin de gestionar estos castigos hemos creado instituciones diversas: ejércitos, religiones, estados, tribunales.
La doctrina legal ha creado a lo largo del pasado siglo la figura de la coercibilidad, la capacidad o potestad de la autoridad para decidir qué comportamiento debe ser castigado socialmente y cómo (multas, penas de cárcel, incapacidades, ...).
Además, en los estados de derecho, las diversas constituciones afirman que es el propio pueblo, de manera democrática y a través de sus representantes en las distintas cámaras de representantes que existen, el que determina sus códigos.
De cincuenta años para acá, frente a la pura coacción, se ha llegado a la conclusión de que los individuos que comenten actos ilícitos (cualesquiera que estos sean) deben ser reinsertados en la sociedad. Se parte del principio de que alguien, cometiendo algún delito o falta, queda en deuda con la sociedad y, una vez saldada, por tanto, debería estar en las mejores condiciones para volver a integrarse.
El principio es bueno y su intención magnífica. Cabe preguntarse si no cae en la pretensión de suponer que todo aquel que haya pagado su deuda con la sociedad tiene la intención de reintegrarse. Esto debe pensarse desde un punto de vista penal, porque, con el fin de que existan las debidas garantías procesales, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
Por eso, y para mantener los principios de reinserción y de inocencia procesal, el castigo debe ser grave, aunque no desproporcionado. El castigo debe infundir temor, debe ser bastante gravoso para que quien se plantee delinquir se lo piense muy mucho. Es más, con anterioridad tiene que existir una garantía total de que quien haya atacado a la sociedad va a pagar por ello, lo que supone que una serie de medios judiciales y policiales trabajan de manera rápida y eficaz. Mucho me temo que ni lo primero ni lo segundo existe en nuestro país hoy día para muchos delitos.
Están en juego, además, y por otro lado, los derechos de las víctimas que deben ser resarcidos generosamente por la sociedad.
No nos podemos permitir casos que se han producido recientemente y que todos tenemos en mente.
Otra cosa aparte es el funcionamiento de la justicia y el hecho constado de que ningún gobierno, independientemente de su signo político, tiene la más mínima intención de solucionar con dinero y empuje, además de con medidas cosméticas.
Sin embargo, es muy cierto que en el reino animal la amenaza del castigo ha servido, sirve y servirá para impedir ciertos comportamientos.
Los hombres nos hemos dotado del castigo para impedir comportamientos asociales y conductas que, a lo largo de los tiempos, se han considerado ilícitas. Con el fin de gestionar estos castigos hemos creado instituciones diversas: ejércitos, religiones, estados, tribunales.
La doctrina legal ha creado a lo largo del pasado siglo la figura de la coercibilidad, la capacidad o potestad de la autoridad para decidir qué comportamiento debe ser castigado socialmente y cómo (multas, penas de cárcel, incapacidades, ...).
Además, en los estados de derecho, las diversas constituciones afirman que es el propio pueblo, de manera democrática y a través de sus representantes en las distintas cámaras de representantes que existen, el que determina sus códigos.
De cincuenta años para acá, frente a la pura coacción, se ha llegado a la conclusión de que los individuos que comenten actos ilícitos (cualesquiera que estos sean) deben ser reinsertados en la sociedad. Se parte del principio de que alguien, cometiendo algún delito o falta, queda en deuda con la sociedad y, una vez saldada, por tanto, debería estar en las mejores condiciones para volver a integrarse.
El principio es bueno y su intención magnífica. Cabe preguntarse si no cae en la pretensión de suponer que todo aquel que haya pagado su deuda con la sociedad tiene la intención de reintegrarse. Esto debe pensarse desde un punto de vista penal, porque, con el fin de que existan las debidas garantías procesales, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario.
Por eso, y para mantener los principios de reinserción y de inocencia procesal, el castigo debe ser grave, aunque no desproporcionado. El castigo debe infundir temor, debe ser bastante gravoso para que quien se plantee delinquir se lo piense muy mucho. Es más, con anterioridad tiene que existir una garantía total de que quien haya atacado a la sociedad va a pagar por ello, lo que supone que una serie de medios judiciales y policiales trabajan de manera rápida y eficaz. Mucho me temo que ni lo primero ni lo segundo existe en nuestro país hoy día para muchos delitos.
Están en juego, además, y por otro lado, los derechos de las víctimas que deben ser resarcidos generosamente por la sociedad.
No nos podemos permitir casos que se han producido recientemente y que todos tenemos en mente.
Otra cosa aparte es el funcionamiento de la justicia y el hecho constado de que ningún gobierno, independientemente de su signo político, tiene la más mínima intención de solucionar con dinero y empuje, además de con medidas cosméticas.
jueves, 18 de junio de 2009
Somos los de siempre
Ni poderosos ni ricos hacen trasbordo en Alonso Martínez en hora punta, cuando el pasillo que va de un andén a otro y de todos ellos a la calle, o viceversa, ya de por si angosto, se estrecha aún más con cintas que, supongo, con el fin de facilitar el acceso de todos los que llegan por distintos corredores a las mismas zonas comunes, coloca el personal de sguridad y con la multitud, somnolienta, que se apelotona a la espera de poder acceder a las escaleras mecánicas.
Somos los de siempre, los habituales. Puede que falle alguno y que aparezca alguien nuevo, pero solemos ser los de siempre, los habituales.
Qué fácilmente se defienden discursos, principios y arengas desde púlpitos, caballos, estrados, atriles y tribunas.
Y lo peor, lo peor no es que necesitemos realismo, no; gobernantes y emprendedores que pisen las calles de verdad y no las aceras limpias, manchadas únicamente por las hojas que caen de los magnolios.
Lo peor, lo peor (si es que es tan humanamente lógico) es que ni ricos ni poderosos tienen el más mínimo interés por bajar a las escaleras atestadas del trasbordo de Alonso Martínez, por sufrir las embestidas de la piara, por mandar a tomar por culo al puto vigilante que apoya su culo en el pasamanos de las escaleras mientras berrea: "Si van por la izquierda no se paren, dejen pasar".
Él también es un habitual, el de siempre. Y seguro que entenderá que lo manden a tomar por culo.
Somos los de siempre, los habituales. Puede que falle alguno y que aparezca alguien nuevo, pero solemos ser los de siempre, los habituales.
Qué fácilmente se defienden discursos, principios y arengas desde púlpitos, caballos, estrados, atriles y tribunas.
Y lo peor, lo peor no es que necesitemos realismo, no; gobernantes y emprendedores que pisen las calles de verdad y no las aceras limpias, manchadas únicamente por las hojas que caen de los magnolios.
Lo peor, lo peor (si es que es tan humanamente lógico) es que ni ricos ni poderosos tienen el más mínimo interés por bajar a las escaleras atestadas del trasbordo de Alonso Martínez, por sufrir las embestidas de la piara, por mandar a tomar por culo al puto vigilante que apoya su culo en el pasamanos de las escaleras mientras berrea: "Si van por la izquierda no se paren, dejen pasar".
Él también es un habitual, el de siempre. Y seguro que entenderá que lo manden a tomar por culo.
miércoles, 17 de junio de 2009
Gotas de agua que hacen corriente (de agua)
A veces, casos y sucesos parecen concatenarse hasta lograr un cierto orden que parece superar el tiempo, amoldarlo hasta hacerte sonreir.
¿Es un engaño de la mente? ¿Pura casualidad?
Difícil de decir.
¿Es un engaño de la mente? ¿Pura casualidad?
Difícil de decir.
lunes, 15 de junio de 2009
Viva Lisbeth
En mi opinión de lector rendido, el personaje central de la trilogía Millenium, escrita por el sueco Stieg Larsson, es Lisbeth Salander.
Me temo que no soy el único que se ha rendido ante esta mujer, sin que importe demasiado si las tres novelas están bien escritas o tienen las suficientes pretensiones literarias.
Salander es un personaje extremadamente atractivo, bien y profundamente dibujado que, para mí, llama poderosamente la atención por dos motivos: Es una mujer. Y dos: Es, además una mujer rara. Rara porque, aunque se la dibuja como particularmente atractiva, es, sin embargo, muy delgada, bajita, inadaptada y muy inteligente.
Su rareza estriba en que no se comporta ni como una mujer objeto, ni como una mujer armada de unas dotes de seducción que utilice con destreza, salvo en contadas ocasiones. Sin embargo, el personaje despierta morbo y admiración a partes iguales. Morbo, porque su actitud en sociedad la convierte en un reflejo de la libertad con la que a algunos nos gustaría comportarnos, vestirnos y conducirnos por la vida. Y admiración porque, siendo tan poca cosa, es capaz de comportarse como una auténtica perra, subvertir el orden, maquinar con sagacidad y sentido, y, por lo tanto, aprovecharse de situaciones que a priori, parecían muy comprometidas.
Lisbeth Salander supone una subversión de los cuentos de hadas. Supone una negra sacudida para que las mujeres superen los condicionantes sociales que las atenazan en todas las sociedades del mundo, una negra sacudida distinta, moderna y comprometida. Supone un grito a favor de una igualdad auténtica entre hombres y mujeres. Ella viaja sola, aunque algunos amores extraños le salgan al encuentro. En eso también se distingue de las princesas de los cuentos de hadas: Su amor no tiene por qué ser para toda la vida, ama a mujeres y a hombres. Su amor también comporta traumas.
Salander se sitúa en el extremo opuesto de la princesa tonta, tocada por el destino, siempre a la espera del caballero que la salve: Ella salva a los que suponía que eran los caballeros, ella defiende ideales, combate y arriesga. Ella se ha convertido en caballero. En un caballero marginal, de comportamiento errático y ademanes altivos, nada que ver con los modales cortesanos que se le suponen a aquellos.
Salander sólo comparte con las princesas de los cuentos su misma suerte y los sucesos novelescos que componen su vida.
Lisbeth es una sociópata, según se desprende de la opinión del propio autor publicitada en algún periódico. Pero esa enfermedad es la que la hace única, la que le da una visión particular de la vida y de su entorno, la que la convierte en un bólido. Y lo más importante, la que paradójicamente le otorga un sentido de la justicia que para si quisieran muchos cuerdos, aunque uno convenga que sus métodos para impartirla no son los más recomendables, desde luego.
Otra paradoja que atañe a la enfermedad mental de Salander es que lo que, en su caso, se diagnostica como una enfermedad mental, en el comportamiento de otros muchos podría considerarse excentricidades, cuando no genialidades, lo que nos lleva a preguntarnos dónde se coloca el límite. En definitiva, para muchos, Salander, la enferma, es un modelo.
Salander es, además de una llamada a las mujeres, un toque de atención para los hombres. Para que aprendamos que el valor de las mujeres (si es que se las puede tomar de este modo, generalizando de un modo tan grosero), sus ideas, en definitiva, el modo en que manejan y plantean su vida merece respeto.
Viva Lisbeth. Viva Larsson.
Me temo que no soy el único que se ha rendido ante esta mujer, sin que importe demasiado si las tres novelas están bien escritas o tienen las suficientes pretensiones literarias.
Salander es un personaje extremadamente atractivo, bien y profundamente dibujado que, para mí, llama poderosamente la atención por dos motivos: Es una mujer. Y dos: Es, además una mujer rara. Rara porque, aunque se la dibuja como particularmente atractiva, es, sin embargo, muy delgada, bajita, inadaptada y muy inteligente.
Su rareza estriba en que no se comporta ni como una mujer objeto, ni como una mujer armada de unas dotes de seducción que utilice con destreza, salvo en contadas ocasiones. Sin embargo, el personaje despierta morbo y admiración a partes iguales. Morbo, porque su actitud en sociedad la convierte en un reflejo de la libertad con la que a algunos nos gustaría comportarnos, vestirnos y conducirnos por la vida. Y admiración porque, siendo tan poca cosa, es capaz de comportarse como una auténtica perra, subvertir el orden, maquinar con sagacidad y sentido, y, por lo tanto, aprovecharse de situaciones que a priori, parecían muy comprometidas.
Lisbeth Salander supone una subversión de los cuentos de hadas. Supone una negra sacudida para que las mujeres superen los condicionantes sociales que las atenazan en todas las sociedades del mundo, una negra sacudida distinta, moderna y comprometida. Supone un grito a favor de una igualdad auténtica entre hombres y mujeres. Ella viaja sola, aunque algunos amores extraños le salgan al encuentro. En eso también se distingue de las princesas de los cuentos de hadas: Su amor no tiene por qué ser para toda la vida, ama a mujeres y a hombres. Su amor también comporta traumas.
Salander se sitúa en el extremo opuesto de la princesa tonta, tocada por el destino, siempre a la espera del caballero que la salve: Ella salva a los que suponía que eran los caballeros, ella defiende ideales, combate y arriesga. Ella se ha convertido en caballero. En un caballero marginal, de comportamiento errático y ademanes altivos, nada que ver con los modales cortesanos que se le suponen a aquellos.
Salander sólo comparte con las princesas de los cuentos su misma suerte y los sucesos novelescos que componen su vida.
Lisbeth es una sociópata, según se desprende de la opinión del propio autor publicitada en algún periódico. Pero esa enfermedad es la que la hace única, la que le da una visión particular de la vida y de su entorno, la que la convierte en un bólido. Y lo más importante, la que paradójicamente le otorga un sentido de la justicia que para si quisieran muchos cuerdos, aunque uno convenga que sus métodos para impartirla no son los más recomendables, desde luego.
Otra paradoja que atañe a la enfermedad mental de Salander es que lo que, en su caso, se diagnostica como una enfermedad mental, en el comportamiento de otros muchos podría considerarse excentricidades, cuando no genialidades, lo que nos lleva a preguntarnos dónde se coloca el límite. En definitiva, para muchos, Salander, la enferma, es un modelo.
Salander es, además de una llamada a las mujeres, un toque de atención para los hombres. Para que aprendamos que el valor de las mujeres (si es que se las puede tomar de este modo, generalizando de un modo tan grosero), sus ideas, en definitiva, el modo en que manejan y plantean su vida merece respeto.
Viva Lisbeth. Viva Larsson.
lunes, 8 de junio de 2009
A esto le llaman democracia
Una participación del cuarenta y seis por ciento de los votantes, en democracia, es una mierda. Una mierda triste. Ahora y en el pasado. Por supuesto, en cualquier futuro.
No es que uno desee votaciones al modo estalinista, pero si los ciudadanos no quieren ir a votar será por algo. No importa que algunos digan que en otros países ya quisieran. Que más de la mitad de los votantes decidan no ejercer el más importante derecho-deber de la democracia debería preocuparnos a todos. Sea donde sea.
Así es que no comprendo por qué tantos aplauden los discursos de gratitud de sus políticos tras la votación. Son los acólitos y pagarían por dejarse estabular.
Algo falla. Y yo diría que son muchos los factores que hacen crac. En este caso, además, se da la complejidad de la composición del Parlamento Europeo. Demasiada para las pocas atribuciones que tiene este órgano que debiera ser el principal de la Unión Europea, y que, sin embargo, queda las más de las veces a los pies del Consejo, que es donde los Gobiernos cambian cromos. Es decir, que el Parlamento Europeo sólo sirve para dilatar la aprobación de Reglamentos y Directivas, voltearlos hasta hacerlos incomprensibles, y, por supuesto, para volver loca a la Comisión.
Vamos, que hay que elegir a diputados que nos representarán en la Unión, pero lo que suele hacerse, desde todas partes, es azuzar a los perros en el corral. Es lo que mola a políticos y votantes.
Mensajes de cercanías, una estructura de propaganda que prima a los de siempre, candidatos poco claros (más bien muy oscuros), el hastío que producen unos políticos demasiados alejados y otras preocupaciones más perentorias y que tienen más que ver con el bienestar particular o familiar son otros de los factores que, en mi modesta opinión, han alejado a la gente de las urnas.
Particularmente preocupante, dejando de lado la que está cayendo, me parece la lejanía de los políticos con sus falcon, sus trajes y sus escoltas, con sus mensajes machacones repetidos como letanías y las intrigas que, al parecer, son endémicas en los atrases del poder. A la gente, creo, le da la sensación de que estos señores van a lo suyo y que únicamente se preocupan de la sociedad para darle al contrario, o cuando llegan elecciones. Y que después, cuando todo ya ha pasado, se olvidan de lo prometido y hacen lo que les viene en gana. Es muy común pensar que los políticos tratan a la sociedad como borregos que dan buena pasta en los mercados de abastos, pero que joden un huevo cuando se trata de darles pastos.
Urge una mejor democracia en la que los votos no constituyan salvoconductos para que unos pocos puedan decir en público que representan a un cierto número de votantes durante un período determinado. Con toda la arrogancia, con todo el morro, con la ley por delante.
Una mierda triste, la ley, esta democracia.
No es que uno desee votaciones al modo estalinista, pero si los ciudadanos no quieren ir a votar será por algo. No importa que algunos digan que en otros países ya quisieran. Que más de la mitad de los votantes decidan no ejercer el más importante derecho-deber de la democracia debería preocuparnos a todos. Sea donde sea.
Así es que no comprendo por qué tantos aplauden los discursos de gratitud de sus políticos tras la votación. Son los acólitos y pagarían por dejarse estabular.
Algo falla. Y yo diría que son muchos los factores que hacen crac. En este caso, además, se da la complejidad de la composición del Parlamento Europeo. Demasiada para las pocas atribuciones que tiene este órgano que debiera ser el principal de la Unión Europea, y que, sin embargo, queda las más de las veces a los pies del Consejo, que es donde los Gobiernos cambian cromos. Es decir, que el Parlamento Europeo sólo sirve para dilatar la aprobación de Reglamentos y Directivas, voltearlos hasta hacerlos incomprensibles, y, por supuesto, para volver loca a la Comisión.
Vamos, que hay que elegir a diputados que nos representarán en la Unión, pero lo que suele hacerse, desde todas partes, es azuzar a los perros en el corral. Es lo que mola a políticos y votantes.
Mensajes de cercanías, una estructura de propaganda que prima a los de siempre, candidatos poco claros (más bien muy oscuros), el hastío que producen unos políticos demasiados alejados y otras preocupaciones más perentorias y que tienen más que ver con el bienestar particular o familiar son otros de los factores que, en mi modesta opinión, han alejado a la gente de las urnas.
Particularmente preocupante, dejando de lado la que está cayendo, me parece la lejanía de los políticos con sus falcon, sus trajes y sus escoltas, con sus mensajes machacones repetidos como letanías y las intrigas que, al parecer, son endémicas en los atrases del poder. A la gente, creo, le da la sensación de que estos señores van a lo suyo y que únicamente se preocupan de la sociedad para darle al contrario, o cuando llegan elecciones. Y que después, cuando todo ya ha pasado, se olvidan de lo prometido y hacen lo que les viene en gana. Es muy común pensar que los políticos tratan a la sociedad como borregos que dan buena pasta en los mercados de abastos, pero que joden un huevo cuando se trata de darles pastos.
Urge una mejor democracia en la que los votos no constituyan salvoconductos para que unos pocos puedan decir en público que representan a un cierto número de votantes durante un período determinado. Con toda la arrogancia, con todo el morro, con la ley por delante.
Una mierda triste, la ley, esta democracia.
miércoles, 3 de junio de 2009
Una guerra
En la parada anterior, el vagón quedó atestado de gente. Una señora se le colocó justo delante, muy cerca. La bolsa que llevaba le rozaba en las rodillas.
Fue rozándole mucho tiempo, separándose únicamente cuando el tren aceleraba su marcha, pero echándosele encima en cada frenazo.
Miró a la señora con gesto serio, pero ella no pareció darse cuenta de que estaba punto de estallar. Y, ante semejante falta de atención, optó por hacer la guerra.
Le pareció una cuestión de orgullo.
Empezó a mover las piernas, ocupando más espacio. Golpeó la bolsa, lanzó sus rodillas contra ella cada vez que el tren paraba, pero nada pudo evitar el roce de aquella bolsa hasta que finalmente se bajó en su destino con una agradable sensación de triunfo y ya desde entonces putea a todo el que puede en el transporte público.
Fue rozándole mucho tiempo, separándose únicamente cuando el tren aceleraba su marcha, pero echándosele encima en cada frenazo.
Miró a la señora con gesto serio, pero ella no pareció darse cuenta de que estaba punto de estallar. Y, ante semejante falta de atención, optó por hacer la guerra.
Le pareció una cuestión de orgullo.
Empezó a mover las piernas, ocupando más espacio. Golpeó la bolsa, lanzó sus rodillas contra ella cada vez que el tren paraba, pero nada pudo evitar el roce de aquella bolsa hasta que finalmente se bajó en su destino con una agradable sensación de triunfo y ya desde entonces putea a todo el que puede en el transporte público.
martes, 2 de junio de 2009
Los orígenes
Extraordinario el conocimiento que demuestra una vez más Cebrián. Ahora en un libro del que únicamente he leído un capítulo publicado en El País el pasado domingo, a modo de lanzador en el sprint de las ventas.
Lo dicho, Cebrián tiene un conocimiento enciclopédico (o una magnífica base de datos) que le permite hilar una historia con salero y elegancia (bien hecho, maestro), hasta llegar a una conclusión: el periodismo tiene que volver a sus orígenes.
Es cierto. Nos encontramos a las puertas de una revolución tecnológica, y eso coloca a los periodistas en el mismo punto que hace siglos.
Dice, además, algo bien interesante. No importa el medio por el que lleguen las noticias. Macluhan ha muerto. Sólo importa la información, cómo se cuenta y el impacto que tiene. Así de simple.
Sin embargo, los nacimientos no son sencillos. Al periodismo, como a las criaturas en el trance de nacer, todavía se le tienen que deformar aún más las fontanelas, acelerársele el pulso y quedarse a las puertas del vacío interior para llorar por la vida.
Es hora de poner en su sitio la visión de una profesión que ya no tiene nada que ver con lo que es actualmente y que tampoco fue nunca lo que se dice que fue, como hace en su última columna Pérez Reverte.
Muy posiblemente, él vivió momentos históricos con juventud y ganas de comerse el mundo, pero no nos venda motos, maestro, que ya lo vamos conociendo de sus novelas.
Y en estas estamos, y parece que nadie se ha dado cuenta, hablando de todo un poco. Me niego a creer que falten medios técnicos o humanos. Tampoco falta capacidad o empuje. Ni ideas. Seguro que a alguien ya se le habrá ocurrido. Va a ser que lo que falta es la pasta necesaria para mover un proyecto de esta envergadura.
Hasta ahora (aunque dado que la red constituye un medio demasiado extenso para conocerlo totalmente), cada medio de comunicación se ha ido dedicando a sus cosas. Las radios han ido colgando sus programas, las televisiones su programación y los periódicos sus noticias. Muchos de ellos han ido añadiendo alguna cosa más, pero dejándola en segundo plano. Todos ellos han introducido blogs y otros elementos.
Sin embargo, ninguno de ellos (tomemos esta afirmación como algo relativo, como dijimos antes) se ha lanzado a hacer integrar de verdad todos los medios: escrito, audio, video y fotos. Tal vez falte ese impulso inicial y pionero para que, después, todos vayan detrás.
Puede parecer que esta intención supondría una reducción de la inversión publicitaria, pero, muy al contrario, podría constatarse que a los anunciantes, quizás, les interesaría llegar a mucha gente a través de un canal integrador y capaz de llegar a sus receptores de muchas maneras y, por tanto, también de dejar en manos de sus internautas la decisión no sólo de qué quieren visitar, sino también cómo quieren conocer la información.
Un solo portal conllevaría ventajas en cuanto a la organización de la plantilla y de elaboración de los contenidos. Internet permite difundir casi de cualquiera de los modos que conocemos.
Lo dicho: es difícil creer que falte la idea. Tal vez, las dificultades se agazapen en algún otro lugar.
Venga, a volver a los orígenes. Nazcamos otra vez.
Lo dicho, Cebrián tiene un conocimiento enciclopédico (o una magnífica base de datos) que le permite hilar una historia con salero y elegancia (bien hecho, maestro), hasta llegar a una conclusión: el periodismo tiene que volver a sus orígenes.
Es cierto. Nos encontramos a las puertas de una revolución tecnológica, y eso coloca a los periodistas en el mismo punto que hace siglos.
Dice, además, algo bien interesante. No importa el medio por el que lleguen las noticias. Macluhan ha muerto. Sólo importa la información, cómo se cuenta y el impacto que tiene. Así de simple.
Sin embargo, los nacimientos no son sencillos. Al periodismo, como a las criaturas en el trance de nacer, todavía se le tienen que deformar aún más las fontanelas, acelerársele el pulso y quedarse a las puertas del vacío interior para llorar por la vida.
Es hora de poner en su sitio la visión de una profesión que ya no tiene nada que ver con lo que es actualmente y que tampoco fue nunca lo que se dice que fue, como hace en su última columna Pérez Reverte.
Muy posiblemente, él vivió momentos históricos con juventud y ganas de comerse el mundo, pero no nos venda motos, maestro, que ya lo vamos conociendo de sus novelas.
Y en estas estamos, y parece que nadie se ha dado cuenta, hablando de todo un poco. Me niego a creer que falten medios técnicos o humanos. Tampoco falta capacidad o empuje. Ni ideas. Seguro que a alguien ya se le habrá ocurrido. Va a ser que lo que falta es la pasta necesaria para mover un proyecto de esta envergadura.
Hasta ahora (aunque dado que la red constituye un medio demasiado extenso para conocerlo totalmente), cada medio de comunicación se ha ido dedicando a sus cosas. Las radios han ido colgando sus programas, las televisiones su programación y los periódicos sus noticias. Muchos de ellos han ido añadiendo alguna cosa más, pero dejándola en segundo plano. Todos ellos han introducido blogs y otros elementos.
Sin embargo, ninguno de ellos (tomemos esta afirmación como algo relativo, como dijimos antes) se ha lanzado a hacer integrar de verdad todos los medios: escrito, audio, video y fotos. Tal vez falte ese impulso inicial y pionero para que, después, todos vayan detrás.
Puede parecer que esta intención supondría una reducción de la inversión publicitaria, pero, muy al contrario, podría constatarse que a los anunciantes, quizás, les interesaría llegar a mucha gente a través de un canal integrador y capaz de llegar a sus receptores de muchas maneras y, por tanto, también de dejar en manos de sus internautas la decisión no sólo de qué quieren visitar, sino también cómo quieren conocer la información.
Un solo portal conllevaría ventajas en cuanto a la organización de la plantilla y de elaboración de los contenidos. Internet permite difundir casi de cualquiera de los modos que conocemos.
Lo dicho: es difícil creer que falte la idea. Tal vez, las dificultades se agazapen en algún otro lugar.
Venga, a volver a los orígenes. Nazcamos otra vez.
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