martes, 7 de julio de 2009

Toro

La llamada fiesta nacional es hermosa y brutal. Un verdadero espectáculo. Las corridas, los recortes y los encierros son espectáculos salvajes, vistos desde un punto de vista de hoy mismo, tampoco hay que ir mucho más lejos.
Sin embargo, hay razones sentimentales que me llevan a estimar estas fiestas en sus formas más puras.
No entro (no me apetece: me enrrollaría) en si el toro constituye una manifestación cultural, porque indudablemente ha dado lugar a una serie de manifestaciones artísticas que se han convertido en constante a lo largo de la historia por estos lares.
Yendo más a lo profundo:
La lucha de poder a poder entre un toro y su torero entendida en su forma más primitiva y campestre no es más que una expresión más de la naturaleza, como podría ser el quedarse quieto ante una embestida. Pero el toro, después, tiene que morir.
Correr delante de un rebaño de reses, sin más violencia que el citar a los animales, simplemente, es otra manifestación más de la naturaleza. Pero el toro, después, tiene que morir.
Esquivar a una res que se te viene encima, sin desgastar más al morlaco, es otra manifestación más de la naturaleza. Pero el toro, después, tiene que morir.
A mi padre le encantan los toros, a mis abuelos les apasionaban. Con todos ellos he visto toros en la tele, y nos hemos sentado en silencio a sentir le electricidad.
Para ellos, todo lo relacionado con el toro es un rito pagano, el reconocimiento rendido de la temeridad. Yo tengo una posición que no se siente cómoda ni en un sitio ni el otro.
Me suele asquear todo lo que hay alrededor del toro, el espectáculo de las plazas, desde el dinero público hasta la venta de almohadillas. Pero, sin embargo, admiro a quien se pone delante de un astado porque es lo que más quiere del mundo. Esa postura me merece un respeto telúrico, ancestralmente animal. Su liturgia, en los mejores de los casos, se me antoja casi mística. Lo malo es que, después, un animal tan hermoso tenga que morir. Y en muchos casos, de manera repugnante y deshonrosa. Muchos creen que el bicho lo merece.
Siempre hay excepciones, claro. Los mejores obtienen su indulto y un puesto como semental.
En los últimos días, y a propósito de la celebración de San Fermín y dado que José Tomás se encerró el pasado domingo con seis toros de tres ganaderías distintas en la Monumental de Barcelona, se ha intensificado el debate que ya desde hace un tiempo se viene produciendo un sobre la tauromaquia.
La fiesta está condenada. Su éxito ha significado una palmaria frivolización. Su brutalidad se nos hace insoportable, fruto de los valores que acertadamente tienen que conducirnos a una sociedad mejor. Las nuevas generaciones cada vez la conocen menos y con menor profundidad. Es muy posible que languidezca, al calor de alguna fiesta tradicional, alentada por la costumbre contra todo.
Hemos cambiado. Seguimos cambiando.
Tal vez, sí que deberíamos hacer un esfuerzo por conservar la raza de toros bravos que se ha creado y su hábitat natural: la dehesa, uno de los grandes tesoros de nuestras tierras.

No hay comentarios: