Hieden las cuadras. Rebosa el suelo de los establos de mierda. Y en verano el calor hace que el olor sea nauseabundo e insoportable. Y en invierno todo aquello se convierte en una pecina cruzada de albañales que llevan y traen aguas pestilentes.
Salpican los cascos de los caballos líquidos y sólidos. Vuelan las heces por doquier. Las bestias no cuidan de dónde caen.
Y nosotros, mientras, miramos todo aquello medio asqueados, medio perplejos. Algún día tendremos que sacar todo aquello. No deberíamos esperar a que nos salpique tanta porquería.
Hay que ensuciarse antes. Sólo así podrá uno lavarse cuanto antes.
jueves, 2 de julio de 2009
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