Se suceden los casos de grandes personajes públicos de cualquier ámbito (empresarial, político, corazón, ...) que dicen lo que creen de verdad en un aparte, para no ser oídos, pero que, lamentablemente, también son captados por ciertos micrófonos indiscretos que delatan y vocean sin permiso opiniones y sentimientos íntimos, reales, que contrastan refulgentes con el cartonaje de voz elegante impostado en público.
No deben arrepentirse de que así sea. Ni a nadie debería extrañar: Son muchos los que dicen una cosa en privado y, luego, la contraria en público, o ante desconocidos, superiores, inferiores, opiniones públicas diversas, ...
En las clases de Lenguaje del colegio nos enseñaron que una persona es más culta cuantos más registros idiomáticos domine, desde el más básico hasta el más elevado, con el fin de que pueda comunicarse con alguien que apenas domine nuestra lengua o con el presidente de la Real Academia de la Lengua. Debemos de estar por lo tanto, ante los más cultos del país: Manejan registros que te cagas, como se diría por este mi barrio.
Es un orgullo para ellos, porque, además, los bobos (o el vulgo, o la audiencia, o ...) no tienen memoria. O lo que viene siendo lo mismo: Ellos son los listos de la pandilla y los demás somos, amén de gilipollas, olvidadizos. Tiene cojones la cosa.
Son cultos, efectivamente, pero también mediocres. Mediocres que no pueden conjugar lo público con lo privado. Mediocres de actos chirriantes y entrañas purulentas. Mediocres que hacen del engaño un juego malabar con el que esquilmarnos. Mediocres más preocupados por mantenerse en sus pedestales que por la verdadera marcha, el fin último, de sus negocios, electores, familias, ...
No son ellos los que deben arrepentirse: Somos el resto los que no espabilamos ni aunque nos corran a hostias día tras día, como me decía mi padre cuando era pequeño (y qué razón llevaba).
¿De qué pollas nos quejamos?
martes, 27 de enero de 2009
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