Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son a la vez más borrosas y penetrantes que las del hombre sociable, y sus pensamientos, más graves, extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. La soledad hace madurar lo orginal, lo audaz e inquietatemente bello, el poema.
Thomas Mann. La Muerte en Venecia.
Where Were You. Vic Chesnutt.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
martes, 29 de diciembre de 2009
El senado y los galgos 24
El cielo no tiene boca, pero habla con la lengua de los hombres.
Proverbio japonés.
Entre Dos Aguas. Paco de Lucía.
Proverbio japonés.
Entre Dos Aguas. Paco de Lucía.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Chistes malos sobre la libertad de informar
Llega un juez y condena a dos periodistas por documentar sucios secretos políticos. Puede parecer un chiste pero no lo es. ¿En qué consiste informar entonces?
Quizás en reproducir conversaciones, en copiar y pegar notas de prensa, en asistir a declaraciones y apagar la grabadora sin preguntar, en hacer la vista gorda...
Total, ¿qué más da si tienes mucho más que perder que lo puedas ganar?
Según informó El País en su edición del pasado 24 de diciembre, los periodistas de la SER Daniel Anido y Rodolfo Irago fueron condenados por un delito de revelación de secretos a una pena de un año y medio de prisión, inhabilitación para ejercer el periodismo durante el mismo período y para el sufragio pasivo, una multa de 18.000 euros y a pagar una indemnización de 130.000 euros.
Pueden hacerse preciosas (y vacías) declaraciones políticas respecto a este caso, pero es preferible (y mucho más saludable para uno mismo) poner en duda y refutar una resolución judicial con argumentos legales aunque poco hilados, dado que ni esto pretende ser un tratado de Derecho ni yo tengo capacidad ni conocimientos para hacer tal cosa. Pido disculpas por mi arrogancia.
El descubrimiento y revelación de secretos es uno de los delitos contra la intimidad recogidos en el Código Penal. El tipo jurídico habla, según recoge Alfonso Serrano, profesor de Derecho Penal y Criminología, del apoderamiento sin consentimiento de prácticamente cualquier documento, o como dice el propio Código Penal: “se considera documento TODO soporte material que exprese o incorpore datos, hechos o narraciones con eficacia probatoria o cualquier otro tipo de relevancia jurídica”. La inscripción en un partido político es, por tanto, un documento protegido por las leyes penales.
Sin embargo, en palabras de Serrano, para que se de el tipo y, consecuentemente, pueda hablarse de delito, “la acción consiste, por tanto, en el apoderamiento de papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos y efectos personales, siempre que se haga con la finalidad de descubrir secretos o vulnerar la intimidad de otro; esa finalidad es un elemento subjetivo del injusto”. Cabe, en este sentido, dudar muy mucho que los periodistas condenados incurrieran en ese “elemento subjetivo del injusto” y que pretendieran dar a conocer la intimidad de nadie. Su intención demostrada en la propia información era informar de algunas prácticas irregulares que el propio Tribunal considera probadas en la información. Tenían por tanto un ánimo de descubrir prácticas políticas dudosas y no de mostrar la tendencia política de nadie. El listado constituye una fuente periodística, una prueba de la veracidad de la información que se aporta para que el receptor de la noticia pueda constatar la autenticidad de la misma.
Más: “Por secreto hay que entender el hecho que sólo conoce una persona o un círculo reducido de ellas, respecto al cual el afectado no desea, de acuerdo con sus intereses, que sea conocido por terceros”, en palabras del profesor Serrano. Desde luego, que cada cual decide inscribirse donde le de la gana y por los motivos que le plazcan. Faltaría más. Sin embargo, dudo mucho que inscribirse en un partido político constituya un secreto, ya que al mismo no pertenece un “círculo reducido” de personas. En el Partido Popular militan decenas de miles de personas. Incluso en el PP del pueblo de donde procede la noticia participarían personas que no se conocían entre sí. ¿Es esto un “círculo reducido”? Es más, si una persona decide inscribirse en un partido político, aunque sea de un modo un tanto particular, ¿qué otra cosa querrá hacer que no sea exteriorizar su militancia política?
La propia sentencia, aparecida parcialmente en la edición de El País de la Nochebuena pasada, dice “lo noticiable no era la afiliación de determinadas personas al citado partido revelando sus datos”. Posteriormente, la decisión judicial añade, según El País, que lo noticiable era “la mera denuncia de irregularidades en la afiliación en la localidad de Villaviciosa de Odón”. Además, “los acusados podían honestamente pensar que con la publicación de la lista informaban a la opinión pública de algo que la misma tenía derecho a conocer, lo que no puede desconectarse del interés colectivo de funcionamiento de los partidos”, según recoge El País de la sentencia.
Si no se dan los elementos del tipo jurídico ilícito difícilmente puede haber delito de revelación de secretos. La propia sentencia podría reconocerlo implícitamente, y, sin embargo, se produce una condena que da fe bien a las claras de la situación de la supuesta Justicia en este país. ¿Cómo puede, entonces, denunciarse en público algo si no se cuenta con las pruebas pertinentes? ¿Cómo puede un periodista convencer a su audiencia de la veracidad de su información?
En cuanto a la libertad de información, el profesor Torres del Moral escribe “la libertad de comunicación pública es acreedora, según el Tribunal Constitucional, de una valoración que sobrepasa a la de los demás derechos fundamentales, incluido el derecho al honor”, y para afirmar esto se remite a la Sentencia 104/1986 de dicho Tribunal. Por supuesto que el profesor Torres del Moral también explica que en caso de colisión entre la libertad de información y el derecho al honor y la intimidad “debe hacerse una ponderación de ellos caso por caso”.
Y en esta situación, ¿qué debe prevalecer? ¿Cuál ha de ser el resultado de la “ponderación”? Para solucionar esta situación deberíamos volver sobre las líneas anteriores. La información se refería a la inscripción irregular de 78 personas a un partido político. El fin de la noticia era dar a conocer este dato y para ello se aportó una prueba definitiva: la fuente. Así se daba cuenta de la veracidad de la pieza.
No merece la pena, por la propia ignorancia que encierra, ahondar en la consideración que hace la sentencia en relación a que “internet no es un medio de comunicación social en sentido estricto, sino universal”.
Sin duda que la defensa habrá tenido en cuenta todos estos elementos y habrá intentado que el Tribunal los aprecie debidamente, pero, a juzgar por la sentencia, no ha servido de nada. La información era veraz y relevante. ¿Qué más puede hacer un periodista que contrastar y documentar una información de demostrada relevancia pública? Nada más, pero aún así, llega un juez y le condena.
Un chiste pésimo.
Quizás en reproducir conversaciones, en copiar y pegar notas de prensa, en asistir a declaraciones y apagar la grabadora sin preguntar, en hacer la vista gorda...
Total, ¿qué más da si tienes mucho más que perder que lo puedas ganar?
Según informó El País en su edición del pasado 24 de diciembre, los periodistas de la SER Daniel Anido y Rodolfo Irago fueron condenados por un delito de revelación de secretos a una pena de un año y medio de prisión, inhabilitación para ejercer el periodismo durante el mismo período y para el sufragio pasivo, una multa de 18.000 euros y a pagar una indemnización de 130.000 euros.
Pueden hacerse preciosas (y vacías) declaraciones políticas respecto a este caso, pero es preferible (y mucho más saludable para uno mismo) poner en duda y refutar una resolución judicial con argumentos legales aunque poco hilados, dado que ni esto pretende ser un tratado de Derecho ni yo tengo capacidad ni conocimientos para hacer tal cosa. Pido disculpas por mi arrogancia.
El descubrimiento y revelación de secretos es uno de los delitos contra la intimidad recogidos en el Código Penal. El tipo jurídico habla, según recoge Alfonso Serrano, profesor de Derecho Penal y Criminología, del apoderamiento sin consentimiento de prácticamente cualquier documento, o como dice el propio Código Penal: “se considera documento TODO soporte material que exprese o incorpore datos, hechos o narraciones con eficacia probatoria o cualquier otro tipo de relevancia jurídica”. La inscripción en un partido político es, por tanto, un documento protegido por las leyes penales.
Sin embargo, en palabras de Serrano, para que se de el tipo y, consecuentemente, pueda hablarse de delito, “la acción consiste, por tanto, en el apoderamiento de papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos y efectos personales, siempre que se haga con la finalidad de descubrir secretos o vulnerar la intimidad de otro; esa finalidad es un elemento subjetivo del injusto”. Cabe, en este sentido, dudar muy mucho que los periodistas condenados incurrieran en ese “elemento subjetivo del injusto” y que pretendieran dar a conocer la intimidad de nadie. Su intención demostrada en la propia información era informar de algunas prácticas irregulares que el propio Tribunal considera probadas en la información. Tenían por tanto un ánimo de descubrir prácticas políticas dudosas y no de mostrar la tendencia política de nadie. El listado constituye una fuente periodística, una prueba de la veracidad de la información que se aporta para que el receptor de la noticia pueda constatar la autenticidad de la misma.
Más: “Por secreto hay que entender el hecho que sólo conoce una persona o un círculo reducido de ellas, respecto al cual el afectado no desea, de acuerdo con sus intereses, que sea conocido por terceros”, en palabras del profesor Serrano. Desde luego, que cada cual decide inscribirse donde le de la gana y por los motivos que le plazcan. Faltaría más. Sin embargo, dudo mucho que inscribirse en un partido político constituya un secreto, ya que al mismo no pertenece un “círculo reducido” de personas. En el Partido Popular militan decenas de miles de personas. Incluso en el PP del pueblo de donde procede la noticia participarían personas que no se conocían entre sí. ¿Es esto un “círculo reducido”? Es más, si una persona decide inscribirse en un partido político, aunque sea de un modo un tanto particular, ¿qué otra cosa querrá hacer que no sea exteriorizar su militancia política?
La propia sentencia, aparecida parcialmente en la edición de El País de la Nochebuena pasada, dice “lo noticiable no era la afiliación de determinadas personas al citado partido revelando sus datos”. Posteriormente, la decisión judicial añade, según El País, que lo noticiable era “la mera denuncia de irregularidades en la afiliación en la localidad de Villaviciosa de Odón”. Además, “los acusados podían honestamente pensar que con la publicación de la lista informaban a la opinión pública de algo que la misma tenía derecho a conocer, lo que no puede desconectarse del interés colectivo de funcionamiento de los partidos”, según recoge El País de la sentencia.
Si no se dan los elementos del tipo jurídico ilícito difícilmente puede haber delito de revelación de secretos. La propia sentencia podría reconocerlo implícitamente, y, sin embargo, se produce una condena que da fe bien a las claras de la situación de la supuesta Justicia en este país. ¿Cómo puede, entonces, denunciarse en público algo si no se cuenta con las pruebas pertinentes? ¿Cómo puede un periodista convencer a su audiencia de la veracidad de su información?
En cuanto a la libertad de información, el profesor Torres del Moral escribe “la libertad de comunicación pública es acreedora, según el Tribunal Constitucional, de una valoración que sobrepasa a la de los demás derechos fundamentales, incluido el derecho al honor”, y para afirmar esto se remite a la Sentencia 104/1986 de dicho Tribunal. Por supuesto que el profesor Torres del Moral también explica que en caso de colisión entre la libertad de información y el derecho al honor y la intimidad “debe hacerse una ponderación de ellos caso por caso”.
Y en esta situación, ¿qué debe prevalecer? ¿Cuál ha de ser el resultado de la “ponderación”? Para solucionar esta situación deberíamos volver sobre las líneas anteriores. La información se refería a la inscripción irregular de 78 personas a un partido político. El fin de la noticia era dar a conocer este dato y para ello se aportó una prueba definitiva: la fuente. Así se daba cuenta de la veracidad de la pieza.
No merece la pena, por la propia ignorancia que encierra, ahondar en la consideración que hace la sentencia en relación a que “internet no es un medio de comunicación social en sentido estricto, sino universal”.
Sin duda que la defensa habrá tenido en cuenta todos estos elementos y habrá intentado que el Tribunal los aprecie debidamente, pero, a juzgar por la sentencia, no ha servido de nada. La información era veraz y relevante. ¿Qué más puede hacer un periodista que contrastar y documentar una información de demostrada relevancia pública? Nada más, pero aún así, llega un juez y le condena.
Un chiste pésimo.
Chesnutt
Vic Chestnutt murió el día de Navidad. Había intentado suicidarse, según informa la prensa, y al final consiguió lo que quería. Echaré de menos tu talento triste y corajudo. Y esas canciones fabricadas de vida, plenas de movimiento, inspiradas, irregulares. Siempre distintas. Has proyectado el folclore de tu país hacia el futuro. Mereces militar en la estirpe de Pete Seeger y de Johnny Cash. Espero que, por lo menos, ahora estés mejor.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Limones e información
Qué artículo tan interesante publicado en Online Journalism Blog con el título de Internet News as a Market for News Lemons.
A destacar:
- "Shleifer’s research on the market for news shows that competition is not enough to ensure accurate news and that, ironically, competition results in “lower prices, but common slanting toward reader biases” (Shleifer and Mullainathan, 2005)."
- "The newspaper industry must face the disintermediation of its power to dictate the news agenda"
A tener en cuenta que en este artículo se hace referencia a la teoría del mercado de limones (en Wikipedia en inglés), que se refiere a la diferencia o asimetría de información que benefica por lo general al vendedor frente al comprador, lo que tiene una serie de implicaciones que también pueden aplicarse a la información, como la dificultad para fijar precios justos, la prevalencia de la baja calidad por la falta de incentivos para vender productos de mejor calidad o la escasez de garantías para los compradores.
A destacar:
- "Shleifer’s research on the market for news shows that competition is not enough to ensure accurate news and that, ironically, competition results in “lower prices, but common slanting toward reader biases” (Shleifer and Mullainathan, 2005)."
- "The newspaper industry must face the disintermediation of its power to dictate the news agenda"
A tener en cuenta que en este artículo se hace referencia a la teoría del mercado de limones (en Wikipedia en inglés), que se refiere a la diferencia o asimetría de información que benefica por lo general al vendedor frente al comprador, lo que tiene una serie de implicaciones que también pueden aplicarse a la información, como la dificultad para fijar precios justos, la prevalencia de la baja calidad por la falta de incentivos para vender productos de mejor calidad o la escasez de garantías para los compradores.
martes, 22 de diciembre de 2009
Desenfoque
He leido la columna de Anson en su El Imparcial de hoy y estoy en desacuerdo con bastante de lo que en ella se dice.
No me opongo a lo que en ella se opina (¿quién soy yo para decirle a nadie lo que debe pensar?), sino que creo que lo dicho está borroso, desenfocado y, por lo tanto, no es fiel reflejo de la realidad.
Desconozco todos los extremos de la fusión entre Antena 3 y La Sexta, pero, desde luego, a mi no me parece rocambolesca. Es, simplemente, una de las muchas otras probabilidades que podrían haberse dado, salvo aquellas que, por evidentes y desiguales, irían contra la libre competencia por acaparar demasiado mercado.
Anson apoya a Ussía en sus críticas a Lara. Según ellos, el abismo ideológico existente entre una y otra emisoras hace imposible una fusión. Como si las series, los programas de entretenimiento, películas y deportes, que ocupan más del ochenta por ciento del tiempo de emisión de ambas, supieran de ideologías. Tampoco es la misma la ideología que se vierten en, por ejemplo, La Razón y los telediarios de Antena 3, ni la de los noticieros de La Sexta o Público.
La fusión es una medida puramente empresarial. Mírese como se quiera: para ganar algo de dinero, para ganar más, para quitarse de encima lastre, para lo que sea. Y esto es capitalismo. Aquí no hay nada contra natura. Todo está permitido mientras no esté prohibido.
Vivimos nuevas épocas (afortunadamente), y hay que adaptarse, y, al igual, que yo no comparto las ideas de Movistar sobre nada en particular mientras hablo por mi móvil, así pasa con las televisiones y, afirmo, debería, haber pasado desde hace mucho tiempo con los diarios, y, más particularmente, con las páginas de opinión que deberían haberse convertido en tribunas abiertas al debate y dejado de ser hojas parroquiales para consumo de acólitos y beatas.
La informacíón tiene que ser plural y contrastada, y donde mejor se contrastan las ideas, como los toros (ahora que está tan de moda el debate al respecto de la tauromaquia), es en el albero. Que cada cual construya su propia línea editorial, que eso ya sería bastante.
Así es que a olvidarse del dulce engorde que proporciona la pitanza que regalan las propias parroquias y a luchar (entiéndaseme) por ahí. Germán Yanque lo ha entendido muy bien en Estrella Digital.
No me opongo a lo que en ella se opina (¿quién soy yo para decirle a nadie lo que debe pensar?), sino que creo que lo dicho está borroso, desenfocado y, por lo tanto, no es fiel reflejo de la realidad.
Desconozco todos los extremos de la fusión entre Antena 3 y La Sexta, pero, desde luego, a mi no me parece rocambolesca. Es, simplemente, una de las muchas otras probabilidades que podrían haberse dado, salvo aquellas que, por evidentes y desiguales, irían contra la libre competencia por acaparar demasiado mercado.
Anson apoya a Ussía en sus críticas a Lara. Según ellos, el abismo ideológico existente entre una y otra emisoras hace imposible una fusión. Como si las series, los programas de entretenimiento, películas y deportes, que ocupan más del ochenta por ciento del tiempo de emisión de ambas, supieran de ideologías. Tampoco es la misma la ideología que se vierten en, por ejemplo, La Razón y los telediarios de Antena 3, ni la de los noticieros de La Sexta o Público.
La fusión es una medida puramente empresarial. Mírese como se quiera: para ganar algo de dinero, para ganar más, para quitarse de encima lastre, para lo que sea. Y esto es capitalismo. Aquí no hay nada contra natura. Todo está permitido mientras no esté prohibido.
Vivimos nuevas épocas (afortunadamente), y hay que adaptarse, y, al igual, que yo no comparto las ideas de Movistar sobre nada en particular mientras hablo por mi móvil, así pasa con las televisiones y, afirmo, debería, haber pasado desde hace mucho tiempo con los diarios, y, más particularmente, con las páginas de opinión que deberían haberse convertido en tribunas abiertas al debate y dejado de ser hojas parroquiales para consumo de acólitos y beatas.
La informacíón tiene que ser plural y contrastada, y donde mejor se contrastan las ideas, como los toros (ahora que está tan de moda el debate al respecto de la tauromaquia), es en el albero. Que cada cual construya su propia línea editorial, que eso ya sería bastante.
Así es que a olvidarse del dulce engorde que proporciona la pitanza que regalan las propias parroquias y a luchar (entiéndaseme) por ahí. Germán Yanque lo ha entendido muy bien en Estrella Digital.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Ciudadanos
Redes es un hermoso programa. Dinámico, abierto, interesante.
En esta ocasión se trata de la educación. Ese aspecto que a los políticos les quema porque quieren acólitos, sumisos, más que ciudadanos formados capaces de pintarles la cara de verguenza.
Temo que jamás lograremos tener una formación adecuada, capaz, libre y para entregar a la sociedad personas.
En esta ocasión se trata de la educación. Ese aspecto que a los políticos les quema porque quieren acólitos, sumisos, más que ciudadanos formados capaces de pintarles la cara de verguenza.
Temo que jamás lograremos tener una formación adecuada, capaz, libre y para entregar a la sociedad personas.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Bien dicho
Así, con sencillez, se explican mejor las cosas. Qué bueno que resulta haber sido antes concinero que fraile. Y tampoco vamos a discutir por un quítame allá esas pajas, que hasta el mejor apuntador (limpiador, fijador y dador de esplendor, también, por supuesto) echa algún borrón de hermoso trazo americano.
El Idioma del Periodismo, de Luis María Anson, en El Imparcial.
El Idioma del Periodismo, de Luis María Anson, en El Imparcial.
martes, 15 de diciembre de 2009
Estepa olvidada
Nuestra democracia (la de los países occidentales, que se supone es la más avanzada) es imperfecta. Injusta. Los ideales son hermosos, excesivos de tan grandes. Universales. Olvidamos que difícilmente podremos predicar en el desierto, cuando nuestros supuestos vergeles clarean. Hablamos de principios fundamentales cuando lo que necesitamos son finales particulares.
Crecen las desigualdades en todas direcciones. Nos olvidamos de algunas gentes. Qué actuales suenan algunas palabras publicadas por Miguel Delibes allá por 1979 en Castilla, lo Castellano y los Castellanos:
“Mi pupila, acostumbrada ya desde origen, no se ha dejado deslumbrar por los cielos altos y los horizontes lejanos de mi región, envolviéndolos en una piadosa ojeada contemplativa para recrearme, luego, en blandas pinturas a la acuarela, sino que ha descendido, tal vez un poco demasiado abruptamente, al hombre para describir su marginación, su soledad, su pobreza y su deserción presentes. La estampa de Castilla desertizada, con sus aldeas en ruinas y los últimos habitantes como testigos de una cultura que irremisiblemente morirá con ellos, puesto que ya no quedan manos para tomar el relevo, es la que he intentado recoger en mi última novela El Disputado Voto del Señor Cayo, como un lamento, consciente de que se trata de una situación difícilmente reversible.”
(…)
“Contrasta esta realidad social castellana con la imagen que en los últimos lustros ha circulado por la periferia del país, aceptándose como buena la torpe ecuación Administración=Madrid y Madrid=Castilla, luego Administración=Castilla. Se daba así una imagen de Castilla centralista y dominadora, más propia de una retórica tonante y vacía, anacrónicamente imperialista, que de un hecho real, fácilmente contrastable. Castilla, región agraria, pese a los incipientes brotes de industrialización en algunas de sus ciudades, sobre su ya viejo, impenitente abandono, se ha visto sometida a lo largo de casi medio siglo a la presión del precio político, eficaz invento para mantener inalterable el precio de la cesta de la compra y, con él, el orden social de los más a costa del sacrificio económico de los menos.
Por otro lado, la equivocada política seguida desde Madrid con las regiones periféricas más desarrolladas, donde, mediante el halago económico, se pretendió acallar sus anhelos de conservar la identidad cultural e histórica, aportó sobre la totalidad del país dos consecuencias no por previsibles menos deplorables: por una parte, se hizo más profunda la diferencia entre regiones ricas y pobres, con el consiguiente trasvase de hombres de estas –cada día más depauperadas- a aquellas, y, por otra, no cesaron de exacerbarse los sentimientos secesionistas en algunos pueblos del litoral, orgullosos de sus raíces y de sus peculiaridades culturales y reacios a dejarse comprar por un plato de lentejas.”
(…)
“Aquel viejo dicho de Castilla hace sus hombres y los gasta, en que se pretendió simbolizar la abnegación y el desinterés castellanos, apenas si conserva hoy algún sentido puesto que la Castilla desangrada de esta hora está resignada a hacer sus hombres para que los gasten los demás.
A pesar de lo dicho, no creo exista hoy en Castilla un arraigado sentimiento regionalista, una conciencia histórica y cultural profunda. El castellano, de ordinario, no se siente especialmente castellano sino vaga, inconscientemente español. Villalar no es tanto la expresión espontánea de un sentimiento autonomista como una resuelta tentativa de crearlo. Pero, por el momento, el castellano, me parece a mí, no siente eso. Para que un sentimiento localista reivindicativo despierte o se afiance basta un solo golpe bajo, contundente y despiadado, como el propinado a Cataluña en 1939 (“Señores: a partir de hoy hay que hablar cristiano”). A Castilla no le ha faltado el golpe bajo, le ha faltado la contundencia. A Castilla se le ha ido desangrando, humillando, desarbolando poco a poco, paulatina, gradualmente, aunque a conciencia. Se contaba de antemano con su pasividad, su desconexión, la capacidad de encaje de sus campesinos, (…) de tal modo que la operación, aunque prolongada, resultó incruenta, silenciosa y perfecta”.
Delibes menciona brevemente algo más que traspasa su obra de punta a punta y que, sin embargo, podría pasar desapercibido. Se trata del clasismo existente entre los propios castellanos, algo hoy día presente en algunas zonas rurales, y que también ha tenido una influencia decisiva en el hundimiento de esta nación. Han sido los castellanos más pudientes los que se han empeñado en mantener a sus propios paisanos en la ignorancia, los que aun hoy se enzarzan en ese “imperialismo anacrónico” absurdo e implosivo, los que yerran con su punto de mira.
Castilla ya no existe, don Miguel. Murió con los abuelos de quienes ahora andamos entre los treinta y los cuarenta años de edad. Alguna vez me pregunto si realmente existió, pero entonces algo bajo piel, un melancólico atavismo en esta carne de cañón, me dice que sí y que levemente persiste, aunque desconozco si a otros les pasa lo mismo.
Crecen las desigualdades en todas direcciones. Nos olvidamos de algunas gentes. Qué actuales suenan algunas palabras publicadas por Miguel Delibes allá por 1979 en Castilla, lo Castellano y los Castellanos:
“Mi pupila, acostumbrada ya desde origen, no se ha dejado deslumbrar por los cielos altos y los horizontes lejanos de mi región, envolviéndolos en una piadosa ojeada contemplativa para recrearme, luego, en blandas pinturas a la acuarela, sino que ha descendido, tal vez un poco demasiado abruptamente, al hombre para describir su marginación, su soledad, su pobreza y su deserción presentes. La estampa de Castilla desertizada, con sus aldeas en ruinas y los últimos habitantes como testigos de una cultura que irremisiblemente morirá con ellos, puesto que ya no quedan manos para tomar el relevo, es la que he intentado recoger en mi última novela El Disputado Voto del Señor Cayo, como un lamento, consciente de que se trata de una situación difícilmente reversible.”
(…)
“Contrasta esta realidad social castellana con la imagen que en los últimos lustros ha circulado por la periferia del país, aceptándose como buena la torpe ecuación Administración=Madrid y Madrid=Castilla, luego Administración=Castilla. Se daba así una imagen de Castilla centralista y dominadora, más propia de una retórica tonante y vacía, anacrónicamente imperialista, que de un hecho real, fácilmente contrastable. Castilla, región agraria, pese a los incipientes brotes de industrialización en algunas de sus ciudades, sobre su ya viejo, impenitente abandono, se ha visto sometida a lo largo de casi medio siglo a la presión del precio político, eficaz invento para mantener inalterable el precio de la cesta de la compra y, con él, el orden social de los más a costa del sacrificio económico de los menos.
Por otro lado, la equivocada política seguida desde Madrid con las regiones periféricas más desarrolladas, donde, mediante el halago económico, se pretendió acallar sus anhelos de conservar la identidad cultural e histórica, aportó sobre la totalidad del país dos consecuencias no por previsibles menos deplorables: por una parte, se hizo más profunda la diferencia entre regiones ricas y pobres, con el consiguiente trasvase de hombres de estas –cada día más depauperadas- a aquellas, y, por otra, no cesaron de exacerbarse los sentimientos secesionistas en algunos pueblos del litoral, orgullosos de sus raíces y de sus peculiaridades culturales y reacios a dejarse comprar por un plato de lentejas.”
(…)
“Aquel viejo dicho de Castilla hace sus hombres y los gasta, en que se pretendió simbolizar la abnegación y el desinterés castellanos, apenas si conserva hoy algún sentido puesto que la Castilla desangrada de esta hora está resignada a hacer sus hombres para que los gasten los demás.
A pesar de lo dicho, no creo exista hoy en Castilla un arraigado sentimiento regionalista, una conciencia histórica y cultural profunda. El castellano, de ordinario, no se siente especialmente castellano sino vaga, inconscientemente español. Villalar no es tanto la expresión espontánea de un sentimiento autonomista como una resuelta tentativa de crearlo. Pero, por el momento, el castellano, me parece a mí, no siente eso. Para que un sentimiento localista reivindicativo despierte o se afiance basta un solo golpe bajo, contundente y despiadado, como el propinado a Cataluña en 1939 (“Señores: a partir de hoy hay que hablar cristiano”). A Castilla no le ha faltado el golpe bajo, le ha faltado la contundencia. A Castilla se le ha ido desangrando, humillando, desarbolando poco a poco, paulatina, gradualmente, aunque a conciencia. Se contaba de antemano con su pasividad, su desconexión, la capacidad de encaje de sus campesinos, (…) de tal modo que la operación, aunque prolongada, resultó incruenta, silenciosa y perfecta”.
Delibes menciona brevemente algo más que traspasa su obra de punta a punta y que, sin embargo, podría pasar desapercibido. Se trata del clasismo existente entre los propios castellanos, algo hoy día presente en algunas zonas rurales, y que también ha tenido una influencia decisiva en el hundimiento de esta nación. Han sido los castellanos más pudientes los que se han empeñado en mantener a sus propios paisanos en la ignorancia, los que aun hoy se enzarzan en ese “imperialismo anacrónico” absurdo e implosivo, los que yerran con su punto de mira.
Castilla ya no existe, don Miguel. Murió con los abuelos de quienes ahora andamos entre los treinta y los cuarenta años de edad. Alguna vez me pregunto si realmente existió, pero entonces algo bajo piel, un melancólico atavismo en esta carne de cañón, me dice que sí y que levemente persiste, aunque desconozco si a otros les pasa lo mismo.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Más claro que el agua
Así son las cosas y así se las han contado, pero mayormente, así están:
José Manuel Vargas (Vocento): En dos años no debería existir ningún redactor 'senior' en ABC
Hace ya algunos años, cuando los costes de distribución de los medios impresos empezaban a pesar como titánicas losas, un antiguo jefe ya me dijo que la calidad del contenido le importaba un pimiento frente a los costes que conlleva llevar el producto periodístico a los lectores.
La empresa era suya y ya entonces prefería pagar una miseria a unos cuantos acólitos. Total, si se acaban quemando, decía, saco a otros cuantos de la cola del paro. Tras tantos tientos alguno le tendría que dar resultado. Allí estuve yo, desde luego. Lo admito. Bien que lo pagué.
A lo mejor tenemos que volver a modelos como el que tenía Le Monde, a las cooperativas que últimamente están brotando en los Estados Unidos, al calor de externalizaciones más o menos encubiertas, porque a los que fabricamos los contenidos (no sólo a los periodistas, sino que también a maquetadores, fotógrafos, impresores, diseñadores web, ...) no debería darnos igual la calidad del producto.
José Manuel Vargas (Vocento): En dos años no debería existir ningún redactor 'senior' en ABC
Hace ya algunos años, cuando los costes de distribución de los medios impresos empezaban a pesar como titánicas losas, un antiguo jefe ya me dijo que la calidad del contenido le importaba un pimiento frente a los costes que conlleva llevar el producto periodístico a los lectores.
La empresa era suya y ya entonces prefería pagar una miseria a unos cuantos acólitos. Total, si se acaban quemando, decía, saco a otros cuantos de la cola del paro. Tras tantos tientos alguno le tendría que dar resultado. Allí estuve yo, desde luego. Lo admito. Bien que lo pagué.
A lo mejor tenemos que volver a modelos como el que tenía Le Monde, a las cooperativas que últimamente están brotando en los Estados Unidos, al calor de externalizaciones más o menos encubiertas, porque a los que fabricamos los contenidos (no sólo a los periodistas, sino que también a maquetadores, fotógrafos, impresores, diseñadores web, ...) no debería darnos igual la calidad del producto.
Hermann Terstch
Da exactamente igual la intención con que te hayan golpeado, exactamente igual quién haya sido, porque saber lo que te han hecho da mucho ascazo, y, sobre todo, mucha pena.
Da igual la intención y el autor porque independientemente de lo que pienses, de cómo lo expreses, mereces (como cualquiera) el máximo respeto.
Da igual la intención y el autor porque independientemente de lo que pienses, de cómo lo expreses, mereces (como cualquiera) el máximo respeto.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Asequible
Esa debería ser la palabra que uniera a todos: asequible.
Por supuesto que nada es gratis, ni siquiera lo que lo parece. Recordemos que para entrar en internet hay que pagar teléfono y gastar tiempo, nada de que sea gratis. Tampoco lo es la tele, que gasta electricidad, como los ordenadores.
Sin embargo, conviene darse cuenta que las cosas están cambiando y que ahora nos movemos en esquemas de precios bajos, sobre mundos inexplorados y en circunstancias excepcionales.
Nadie discute los derechos de los demás, según parece, sino que quiere imponer el propio, y eso en internet es una quimera. No es una guerra de piratas contra autores.
Es un cambio, una revolución. Muy próximamente, en el tema de copias digitales de obras intelectuales (me parece preferible esta expresión a la de cultura) el precio no lo va a fijar el vendedor, sino que tendrá que contar con el comprador si no quiere comerse los mocos.
Y si uno y otro tienen que ponerse de acuerdo se llegaría a un término medio, el asequible para todos. Qué bonito.
Por supuesto que nada es gratis, ni siquiera lo que lo parece. Recordemos que para entrar en internet hay que pagar teléfono y gastar tiempo, nada de que sea gratis. Tampoco lo es la tele, que gasta electricidad, como los ordenadores.
Sin embargo, conviene darse cuenta que las cosas están cambiando y que ahora nos movemos en esquemas de precios bajos, sobre mundos inexplorados y en circunstancias excepcionales.
Nadie discute los derechos de los demás, según parece, sino que quiere imponer el propio, y eso en internet es una quimera. No es una guerra de piratas contra autores.
Es un cambio, una revolución. Muy próximamente, en el tema de copias digitales de obras intelectuales (me parece preferible esta expresión a la de cultura) el precio no lo va a fijar el vendedor, sino que tendrá que contar con el comprador si no quiere comerse los mocos.
Y si uno y otro tienen que ponerse de acuerdo se llegaría a un término medio, el asequible para todos. Qué bonito.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Códigos
Es evidente que el paso a la democracia se dio en España de un modo ejemplar si lo contemplamos desde una perspectiva social, mirando a los ciudadanos, que en momentos de extrema complejidad se comportaron extraordinariamente.
En cuanto a la solución política de la transición, representantes de unos y otros hicieron un tremendo esfuerzo por alcanzar un consenso con el que conseguir un sistema más democrático, orientado hacia el modelo europeo. Y se consiguió.
Se consiguió a costa de dejar muchas cosas para más adelante. Y entre ellas se encontraba la regulación del derecho de expresión e información. Se derogaron los preceptos de la Ley Fraga de 1966 que estaban en evidente contradicción con la Constitución, pero no se aprovechó el momento para fijar los derechos y deberes de los periodistas y de los ciudadanos, al respecto de la información, tema de importancia crucial en una democracia. Quizás, muy piosiblemente, no fuera el momento adecuado, pero, de hecho, cada vez que se ha intentado posteriormente, el asunto se ha dado paseos en balde por las cámaras legislativas.
Ahora, con casos flagrantes en los que se han traspasado los límites, con la imagen de la profesión (o el oficio, como se prefiera) por los suelos, son muchos los que vuelven la cara hacia los códigos deontológicos.
Las reglas éticas no son de obligado cumplimiento, así es que de poco sirven en un escenario tan crudo como el de este trabajo.
También es cierto que regular el derecho a la libertad de información y expresión es asunto peliagudo en democracias que han encontrado en estas libertades su fundamento. No se puede dejar la aplicación de normas sobre estas libertadas a cualquiera, ni tampoco el juicio sobre si un medio o una comunicacón las respeta o no.
Parece que todo nos conduce a que seguiremos como estamos. No hay voluntad ni ganas de alcanzar un marco amplio, una cancha para poder moverse. El único que cuenta con la legitimidad necesaria es el Tribunal Constitucional, así es que tendremos que esperar de su lentitud que, poco a poco, pero con seguridad, vaya limando los límites de la libertad de información al respecto de la intimidad y otros derechos con los que puede colisionar.
Sin embargo, algunas circunstancias obligan a tomar cartas en este asunto, en mi modesta opinión. Por un lado, internet y la difusión global de la información hace que haya que moverse para que los periodistas empecemos a contar con técnicas específicas para este medio y unas reglas del juego adecuadas. Y esto, evidentemente en algo tan difuso y global como internet, no puede hacerse con perspectivas individuales, grupales o nacionales.
Por otro lado, el periodismo está por los suelos. Las cada vez más evidentes relaciones entre contenido y publicidad, el aborregamiento que se vive, la sangría de profesionales y el sensacionalismo piden una intervención en grupo, algo difícil en un colectivo tan anárquico.
Habría que hacer algo, pero no movidos por nostalgias, sino para lograr un sitio y que, con el hueco apropiado, cada cual pueda hacer su trabajo, sabiendo qué se le pide y qué se espera, que las sorpresas ya se encarga de ponerlas la actualidad.
En cuanto a la solución política de la transición, representantes de unos y otros hicieron un tremendo esfuerzo por alcanzar un consenso con el que conseguir un sistema más democrático, orientado hacia el modelo europeo. Y se consiguió.
Se consiguió a costa de dejar muchas cosas para más adelante. Y entre ellas se encontraba la regulación del derecho de expresión e información. Se derogaron los preceptos de la Ley Fraga de 1966 que estaban en evidente contradicción con la Constitución, pero no se aprovechó el momento para fijar los derechos y deberes de los periodistas y de los ciudadanos, al respecto de la información, tema de importancia crucial en una democracia. Quizás, muy piosiblemente, no fuera el momento adecuado, pero, de hecho, cada vez que se ha intentado posteriormente, el asunto se ha dado paseos en balde por las cámaras legislativas.
Ahora, con casos flagrantes en los que se han traspasado los límites, con la imagen de la profesión (o el oficio, como se prefiera) por los suelos, son muchos los que vuelven la cara hacia los códigos deontológicos.
Las reglas éticas no son de obligado cumplimiento, así es que de poco sirven en un escenario tan crudo como el de este trabajo.
También es cierto que regular el derecho a la libertad de información y expresión es asunto peliagudo en democracias que han encontrado en estas libertades su fundamento. No se puede dejar la aplicación de normas sobre estas libertadas a cualquiera, ni tampoco el juicio sobre si un medio o una comunicacón las respeta o no.
Parece que todo nos conduce a que seguiremos como estamos. No hay voluntad ni ganas de alcanzar un marco amplio, una cancha para poder moverse. El único que cuenta con la legitimidad necesaria es el Tribunal Constitucional, así es que tendremos que esperar de su lentitud que, poco a poco, pero con seguridad, vaya limando los límites de la libertad de información al respecto de la intimidad y otros derechos con los que puede colisionar.
Sin embargo, algunas circunstancias obligan a tomar cartas en este asunto, en mi modesta opinión. Por un lado, internet y la difusión global de la información hace que haya que moverse para que los periodistas empecemos a contar con técnicas específicas para este medio y unas reglas del juego adecuadas. Y esto, evidentemente en algo tan difuso y global como internet, no puede hacerse con perspectivas individuales, grupales o nacionales.
Por otro lado, el periodismo está por los suelos. Las cada vez más evidentes relaciones entre contenido y publicidad, el aborregamiento que se vive, la sangría de profesionales y el sensacionalismo piden una intervención en grupo, algo difícil en un colectivo tan anárquico.
Habría que hacer algo, pero no movidos por nostalgias, sino para lograr un sitio y que, con el hueco apropiado, cada cual pueda hacer su trabajo, sabiendo qué se le pide y qué se espera, que las sorpresas ya se encarga de ponerlas la actualidad.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Pajarillo
Hace relativamente poco tiempo que Mark Everett publicó Hombre Lobo y ya tenemos noticias de que el 19 de enero saldrá nuevo disco, End Times, del cual ya se conoce una primera canción, Little Bird.
Se agradece que Mr. E viva una temporada con las pilas a pleno rendimiento. Little Bird, que puede descargarse desde la web de la banda, sigue la estela de anteriores temas de Eels, esa vena a medio camino entre lo dulce y lo cruel y que conduce a melodías despaciosas y baladas hermosas, a las que, si acaso, sólo se podrá achacar que insistan en tics compostivos ya conocidos y que remitan a acordes escuchados en anteriores canciones de Eels.
La página oficial del grupo remite también a otro enlace, en el que se puede escuchar otro corte más: In My Younger Days, que insiste en la misma línea melancólica dominada por la voz y la guitarra.
Lo dicho: pese a todo, una gran canción. Esperamos con ansiedad el disco.
Se agradece que Mr. E viva una temporada con las pilas a pleno rendimiento. Little Bird, que puede descargarse desde la web de la banda, sigue la estela de anteriores temas de Eels, esa vena a medio camino entre lo dulce y lo cruel y que conduce a melodías despaciosas y baladas hermosas, a las que, si acaso, sólo se podrá achacar que insistan en tics compostivos ya conocidos y que remitan a acordes escuchados en anteriores canciones de Eels.
La página oficial del grupo remite también a otro enlace, en el que se puede escuchar otro corte más: In My Younger Days, que insiste en la misma línea melancólica dominada por la voz y la guitarra.
Lo dicho: pese a todo, una gran canción. Esperamos con ansiedad el disco.
jueves, 3 de diciembre de 2009
El periodismo ciudadano es una fuente más
Lleva la revista Rockdelux en su sección Manifesto, un interesante artículo de Josep Lluís Micó titulado La Falacia del Periodismo (Ciudadano). Cualquiera que mire lo que está pasando con ojos críticos estará de acuerdo con su última frase, en la que alude al hecho de que el llamado periodismo ciudadano beneficia a empresarios de la comunicación y editores, ya que, principalmente, ofrece información muy impactante a precios muy baratos, o incluso gratis.
En este sentido de lucha de los empresarios de la comunicación por hacerse con un hueco en estas aguas revueltas puede leerse el frente abierto en muchos países contra las televisiones públicas, y que tiene su confrontación más feroz en el Reino Unido, donde, según aparece en el número 18 de Cuadernos de Periodistas, revista de la Asociación de la Prensa de Madrid, Murdoch ha cargado contra la BBC, a la que considera competencia desleal porque da información gratis con dinero público y en las mejores plataformas, mientras que los inversores privados se las ven y se las desean para poner en marcha acciones similares. No dice, por contra, que cuando sus empresas ganan dinero es para él para quien lo ganan.
Es evidente, siguiendo la argumentación de Micó, que el periodismo ciudadano no puede sustituir al periodismo hecho por profesionales, porque, tal y como puede leerse en el ladillo, “difícilmente puede obrar conforme a pautas deontológicas y criterios periodísticos quien no ha recibido ninguna formación específica”.
Sin embargo, tampoco es justo criticar la alimentación que debe dar el público a los medios, precisamente en el momento en el que estamos, en medio de una revolución que nos tiene noqueados. ¿Qué son los medios de comunicación sin su público? ¿Qué son si no tienen en cuenta (y tratan adecuadamente) lo que interesa a los que adquieren su información? ¿Qué es un medio que no es capaz de adaptarse y servir?
Nada. No son nada.
Por este motivo, me parece algo exagerado el comienzo del artículo. Sarcástico, casi injusto. La información que proviene del periodismo ciudadano debe ser tratada, según mi humilde modo de ver, como una fuente más.
Pone Micó el ejemplo de una explosión de gas. Y critica que las imágenes grabadas por un aficionado tengan más impacto que toda la información que pueda envolver a la noticia. Nadie pone en duda que se pongan las imágenes grabadas por las cámaras de tráfico cuando se ve un accidente o un robo en plena calle. Porque entendemos que son fuentes.
Puede pensarse, sin embargo, que la gente está cansada de las típicas declaraciones de susto que ofrecen los vecinos en ropa de andar por casa, y que es lo que se suele ofrecer en estos casos. El periodismo es captar la realidad y transmitirla. Ir más allá y no quedarse en lo fácil. Y todo para que luego se ventile en una pieza que arde con brevedad. Nada más. Ni vanidades ni medallitas. Hay que asumirlo.
Los periodistas no inventamos la información. Hacemos noticias. Y si para construir la noticia tenemos algo extraordinario (las imágenes valen mucho más que las palabras, me dijo a mí en la universidad un certero profesor), mal estará que no lo utilicemos.
En cierto sentido, estamos en manos de lo que nos transmitan nuestras fuentes. Ellas nos proporcionan la materia prima en forma de informes, facturas, demandas, declaraciones, sentencias, filtraciones… ¿Por qué no imágenes? ¿Por qué no vamos a potenciar la interacción con la audiencia? Después, una vez que tenemos la información, valoramos, aplicamos técnicas del oficio, si se quiere decir así, contrastamos, fabricamos noticias y las transmitimos. Nos hemos dejado llevar por el fantástico papel que podemos jugar y eso, más que la independencia económica, nos ha atrapado. Es humano, desde luego. Los medios tienen capacidad para influir en audiencias y públicos, en personas al fin y al cabo, y eso ha introducido distorsiones en el trabajo periodístico.
Estos nuevos canales de información nos ofrecen una oportunidad inmensa, la de pulir los espejos que tenemos que ser para la sociedad. Para bien y para mal.
En este sentido de lucha de los empresarios de la comunicación por hacerse con un hueco en estas aguas revueltas puede leerse el frente abierto en muchos países contra las televisiones públicas, y que tiene su confrontación más feroz en el Reino Unido, donde, según aparece en el número 18 de Cuadernos de Periodistas, revista de la Asociación de la Prensa de Madrid, Murdoch ha cargado contra la BBC, a la que considera competencia desleal porque da información gratis con dinero público y en las mejores plataformas, mientras que los inversores privados se las ven y se las desean para poner en marcha acciones similares. No dice, por contra, que cuando sus empresas ganan dinero es para él para quien lo ganan.
Es evidente, siguiendo la argumentación de Micó, que el periodismo ciudadano no puede sustituir al periodismo hecho por profesionales, porque, tal y como puede leerse en el ladillo, “difícilmente puede obrar conforme a pautas deontológicas y criterios periodísticos quien no ha recibido ninguna formación específica”.
Sin embargo, tampoco es justo criticar la alimentación que debe dar el público a los medios, precisamente en el momento en el que estamos, en medio de una revolución que nos tiene noqueados. ¿Qué son los medios de comunicación sin su público? ¿Qué son si no tienen en cuenta (y tratan adecuadamente) lo que interesa a los que adquieren su información? ¿Qué es un medio que no es capaz de adaptarse y servir?
Nada. No son nada.
Por este motivo, me parece algo exagerado el comienzo del artículo. Sarcástico, casi injusto. La información que proviene del periodismo ciudadano debe ser tratada, según mi humilde modo de ver, como una fuente más.
Pone Micó el ejemplo de una explosión de gas. Y critica que las imágenes grabadas por un aficionado tengan más impacto que toda la información que pueda envolver a la noticia. Nadie pone en duda que se pongan las imágenes grabadas por las cámaras de tráfico cuando se ve un accidente o un robo en plena calle. Porque entendemos que son fuentes.
Puede pensarse, sin embargo, que la gente está cansada de las típicas declaraciones de susto que ofrecen los vecinos en ropa de andar por casa, y que es lo que se suele ofrecer en estos casos. El periodismo es captar la realidad y transmitirla. Ir más allá y no quedarse en lo fácil. Y todo para que luego se ventile en una pieza que arde con brevedad. Nada más. Ni vanidades ni medallitas. Hay que asumirlo.
Los periodistas no inventamos la información. Hacemos noticias. Y si para construir la noticia tenemos algo extraordinario (las imágenes valen mucho más que las palabras, me dijo a mí en la universidad un certero profesor), mal estará que no lo utilicemos.
En cierto sentido, estamos en manos de lo que nos transmitan nuestras fuentes. Ellas nos proporcionan la materia prima en forma de informes, facturas, demandas, declaraciones, sentencias, filtraciones… ¿Por qué no imágenes? ¿Por qué no vamos a potenciar la interacción con la audiencia? Después, una vez que tenemos la información, valoramos, aplicamos técnicas del oficio, si se quiere decir así, contrastamos, fabricamos noticias y las transmitimos. Nos hemos dejado llevar por el fantástico papel que podemos jugar y eso, más que la independencia económica, nos ha atrapado. Es humano, desde luego. Los medios tienen capacidad para influir en audiencias y públicos, en personas al fin y al cabo, y eso ha introducido distorsiones en el trabajo periodístico.
Estos nuevos canales de información nos ofrecen una oportunidad inmensa, la de pulir los espejos que tenemos que ser para la sociedad. Para bien y para mal.
martes, 1 de diciembre de 2009
Personas
Somos crueles. Lo somos tanto que no nos damos ni cuenta.
Como mucho, muy de vez en cuando, y si se puede escurrir el bulto, se le echa la culpa a cualquier otro.
Pasamos de una estupidez tomada como dogma, a la opuesta, dogmática igualmente, sin poder parar el péndulo, sin tener el valor para hacerlo.
Y el caso es que no podemos ser de otra manera. Qué le vamos a hacer, somos humanos. Animales sociales. Una grey. Lo más fácil, lo que nos ayuda a sobrevivir, primero, y a medrar, después, es pegarnos a un mesías, a un líder, a unas ideas, a un credo, etcétera y seguirlos ciegamente hasta trocarlos en otra cosa distinta en la que volcar miedos, frustraciones, aspiraciones y demás.
Todo son problemas cuando uno decide separarse del rebaño, porque no van a entenderle (no querrán entenderle) cuando diga que se están equivocando, que usan una violencia peor contra los violentos y que en esa cruzada hay mucho de odio y revancha. Más, parece, que la justicia que se necesita.
Dirán que en ciertos aspectos no caben tibiezas. Y es cierto. Dirán que no vale ponerse del lado de los malos. Y es falso, porque antes habrá que saber quiénes son los malos y por qué son los malos. Y resultará que no te habrás colocado del lado de los malos, porque son ellos los que, ciegos de ira, se habrán cambiado de bando. Sin darse cuenta. Enrabietados. Varios puntos por debajo de la evolución humana. Exactamente igual que los que tuvieron enfrente.
Humanos todos, personas, al fin y al cabo, y no grupos ni perfiles, ni razas, ni cualquiera otra cosa más que personas.
Como mucho, muy de vez en cuando, y si se puede escurrir el bulto, se le echa la culpa a cualquier otro.
Pasamos de una estupidez tomada como dogma, a la opuesta, dogmática igualmente, sin poder parar el péndulo, sin tener el valor para hacerlo.
Y el caso es que no podemos ser de otra manera. Qué le vamos a hacer, somos humanos. Animales sociales. Una grey. Lo más fácil, lo que nos ayuda a sobrevivir, primero, y a medrar, después, es pegarnos a un mesías, a un líder, a unas ideas, a un credo, etcétera y seguirlos ciegamente hasta trocarlos en otra cosa distinta en la que volcar miedos, frustraciones, aspiraciones y demás.
Todo son problemas cuando uno decide separarse del rebaño, porque no van a entenderle (no querrán entenderle) cuando diga que se están equivocando, que usan una violencia peor contra los violentos y que en esa cruzada hay mucho de odio y revancha. Más, parece, que la justicia que se necesita.
Dirán que en ciertos aspectos no caben tibiezas. Y es cierto. Dirán que no vale ponerse del lado de los malos. Y es falso, porque antes habrá que saber quiénes son los malos y por qué son los malos. Y resultará que no te habrás colocado del lado de los malos, porque son ellos los que, ciegos de ira, se habrán cambiado de bando. Sin darse cuenta. Enrabietados. Varios puntos por debajo de la evolución humana. Exactamente igual que los que tuvieron enfrente.
Humanos todos, personas, al fin y al cabo, y no grupos ni perfiles, ni razas, ni cualquiera otra cosa más que personas.
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