Visita el papa España y muchos apenas levantamos la cabeza del piso trillado por ver quién mete tanto ruido, poco más, mientras seguimos buscando el poco pasto que queda.
En un cierto momento de su historia, la iglesia católica se decidió por Roma, lo que, con el paso del tiempo ha derivado en una toma de posición cercana al poderoso y, consecuentemente, el alejamiento de los parroquianos más modestos, pobres, sí, pero no idiotas, ni ciegos. Algo que también le ha pasado a otras muchas religiones a lo largo de la historia (y les sigue pasando, desde luego: qué más dan piedras que horcas).
El siglo pasado y lo poco que llevamos de este, hasta donde me deja ver la revolución informática en la que estamos envueltos, revueltos, centrifugados, los políticos de las llamadas democracias occidentales acertaron a tomar algo parecido al poder que en su momento tuvo la curia, se mezclaron con la gente, tomaron sus miedos, enervaron a las masas y consiguieron hacerse con el poder. Sobran ejemplos de este paralelismo entre curas y políticos del siglo veinte.
Como la jerarquía católica, perfeccionaron su propia teología, perpetuaron sus interpretaciones como las únicas ortodoxas y construyeron todo un entramado complejo, desesperante, asfixiante e incomprensible, sustentado en tramoyas grises ocultas tras hermosas luces blancas. Todo este proceso no sólo les dio el poder político y el control de todo el mecanismo que lo mueve, sino que también les acercó al verdadero poder, el económico.
En esta situación, los votantes pasan a segundo plano, como sus intereses y necesidades. Y los votantes, que como los parroquianos más modestos, pobres, sí, pero no idiotas, ni ciegos, empiezan a andar con la mosca detrás de la oreja.
Con una diferencia, el proceso que, en el caso de la iglesia católica ha tardado siglos (todavía sigue, y le queda) de desmontaje de toda su propaganda vacía, hoy puede verse acelerado (ojalá) por las tecnologías de la información, medios que ofrecen tantas posibilidades de comunicación, como variantes (he ahí el extraordinario peligro) para impedir y controlar la libre difusión de ideas y pensamientos.
Mucho me temo que ni el hastío que sienten (sentimos) muchos cuando miran al poder desde abajo es nuevo, ni la necesidad de algo mejor, ni la imposibilidad de renunciar a una quimera.
jueves, 4 de noviembre de 2010
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