jueves, 25 de noviembre de 2010

Contra todos los estereotipos

Leo hoy en el gratuito un ejemplo de columna desagradable.

En ella se dice que "el mundo está lleno de caballeros", "de hombres a cuyo lado una siempre se siente una princesa" frente a otros "groseros que abren la boca y escupen", "cretinos", "capullos", "asesinos", "canallas", "mezquinos".

Es curioso este maniqueísmo que se utiliza en la descripción de los hombres. Por mi parte, estoy harto de princesas, como lo estuvo Flaubert, como parece que también lo estaba Larsson, como tantos otros, estoy harto de la presión para que tengas que comportarte como un caballero, pero, sobre todo, estoy harto de tanta igualdad de pega, de rendir respeto y que te paguen a golpes de autoridad ilegítima, de que te carguen el sambenito de ser bueno, aun en el buen sentido, o de ser malo, de mujeres que ocultan su voluntad de poder, su ansia de modificar comportamientos en beneficio propio.

Se, también, que no todas las mujeres son iguales, que no caen todas en cajones estancos. Me niego a meterlas a unas cuantas en este saco, a aquellas otras en aquel otro, y así hasta cubrir todos lo estereotipos que sea capaz de inventar.

El verdadero respeto es, según creo, ver a los demás como personas capaces de comportamientos complejos y variables, en las antípodas del estereotipo, pero, como tampoco quiero imponer esta visión, pues, que cada cual escriba lo que le plazca, que yo también estoy en mi derecho de dar una opinión.

Mantener el margen

La economía consiste muy básicamente en ganar mucho y gastar poco, o al menos, lo adecuado, lo justo, lo calculado.

En los años de bonanza, la competencia forzó a las empresas a ajustar los precios de sus productos a los deseos de los consumidores. Fruto de esta tendencia (como era la única manera de ganar dinero) se puso todo el énfasis en la reducción de costes, es decir, en gastar lo mínimo, con la confianza puesta en que la constancia o ligera subida en los volúmenes de pedidos serviría para mantener una actividad frenética, descuidada, poco eficiente, muy contaminante.

Y para reducir costes, lo primero que hay que hacer, dicen muchos expertos, es quitarle importancia a aquel aspecto en el que se quiera emplear poco dinero. De este modo, se convierte en algo secundario, campo abierto para atornillar, primero, y externalizar, después.

Y así sucesivamente, hasta llegar a aspectos tan importantes como la contratación de personal, la fabricación de los productos que constituyen el negocio principal de alguna empresa, su montaje, envasado, almacenamiento y la gestión de su distribución. El concepto de negocio principal de una empresa se redujo al único mandamiento de ganar dinero en una actividad determinada.

Con estas premisas, consejeros delegados y otros directivos han conseguido cuentas extraordinarias, beneficios gigantescos hasta que el sistema ha quebrado de puro vértigo, por el miedo al abismo, la toma de conciencia de que algo se escapaba de las manos.

Salta la crisis, y una vez superado el pánico, urge tomar la iniciativa. Los que tienen el dinero son los primeros en reaccionar, máxime entre tanta martingala de cambiar las cosas y regular ciertas actividades económicas.

Ellos lo tienen muy claro. En plena crisis, la única manera de ganar más dinero consiste en hacer que otros ganen menos. Consiguiendo que alguien gane menos logro mantener más dinero en circulación, con más posibilidades, por tanto, de poder echarle el guante. No importa que los volúmenes de antaño se hayan ido a hacer puñetas porque la industria es lo suficientemente flexible, la maquinaria está tan amortizada, los recursos humanos tienen tan poca importancia frente a cualquier beneficio fiscal, la movilidad es tan brutal que en realidad no importa nada más que ganar dinero.

Porque lo que de verdad importa es mantener el margen.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ser el orden

Lleva hoy Público es sus páginas un muy buen artículo de Ernesto Ekáizer titulado El Periodismo Empotrado y La Crisis con dos tesis bien intersantes.

La primera consiste en ver el papel que ha jugado la información periodística en la actual crisis económica. Dice el autor que "el periodismo forma parte del pensamiento grupal que había minimizado los síntomas que condujeron a la explosión financiera como resultado de los riesgos que se venían acumulando". Y, por lo tanto, "el periodismo defendió el orden financiero realmente existente como una religión."

Nada nuevo. Los periódicos son empresas. Han dejado, incluso, de ser compañías particulares, por lo peculiar de su producto, para pasar a formar parte de grandes conglomerados con intereses tentaculares y accionistas variopintos a los que hay que sumar, claro está, el atornillamiento de los anunciantes. No necesitan estar empotradas. Forman parte de un "orden financiero existente" en el que los clientes han sido relegados. Y no sólo en el periodismo.

No es de extrañar, pues, que los medios (más que los periodistas) hayan reaccionado como los rebaños: a destiempo y sin templanza.

La segunda tesis del artículo se centra en el análisis de la génesis de esta tormenta económica que vivimos, con especial atención al análisis que hace de todo el proceso el presidente del Banco Central alemán, con especial atención en el papel que ha jugado, le cita Ekáizer, la ineficaz asignación en el flujo de capitales en países como España para generar burbujas como la de la vivienda y fortalecer la demanda interna, lo que, a su vez, tuvo cosecuencias sobre salarios e ineficiencia laboral.

Habría mucho más que precisar, desde mi punto de vista, en este sentido. Sin embargo, lo verdaderamente importante, como señala al final de su artículo Ekáizer, es que no nos va a quedar más remedio que "devaluarnos" el sueldo porque estamos desvalidos y a nadie le va a importar: al fin y al cabo, somos los más pobres de los ricos. No nos podemos quejar.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gracias, don Luis, y adiós

Adiós a uno de los más grandes del cine que ha dado este país, parte de Valle Peña en imágenes: García Berlanga.

Ni Austria ni Hungría te echarán de menos (allí se lo pierden), algunos de aquí, sí. Gracias, maestro.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Hastío de viejos sacerdotes

Visita el papa España y muchos apenas levantamos la cabeza del piso trillado por ver quién mete tanto ruido, poco más, mientras seguimos buscando el poco pasto que queda.

En un cierto momento de su historia, la iglesia católica se decidió por Roma, lo que, con el paso del tiempo ha derivado en una toma de posición cercana al poderoso y, consecuentemente, el alejamiento de los parroquianos más modestos, pobres, sí, pero no idiotas, ni ciegos. Algo que también le ha pasado a otras muchas religiones a lo largo de la historia (y les sigue pasando, desde luego: qué más dan piedras que horcas).

El siglo pasado y lo poco que llevamos de este, hasta donde me deja ver la revolución informática en la que estamos envueltos, revueltos, centrifugados, los políticos de las llamadas democracias occidentales acertaron a tomar algo parecido al poder que en su momento tuvo la curia, se mezclaron con la gente, tomaron sus miedos, enervaron a las masas y consiguieron hacerse con el poder. Sobran ejemplos de este paralelismo entre curas y políticos del siglo veinte.

Como la jerarquía católica, perfeccionaron su propia teología, perpetuaron sus interpretaciones como las únicas ortodoxas y construyeron todo un entramado complejo, desesperante, asfixiante e incomprensible, sustentado en tramoyas grises ocultas tras hermosas luces blancas. Todo este proceso no sólo les dio el poder político y el control de todo el mecanismo que lo mueve, sino que también les acercó al verdadero poder, el económico.

En esta situación, los votantes pasan a segundo plano, como sus intereses y necesidades. Y los votantes, que como los parroquianos más modestos, pobres, sí, pero no idiotas, ni ciegos, empiezan a andar con la mosca detrás de la oreja.

Con una diferencia, el proceso que, en el caso de la iglesia católica ha tardado siglos (todavía sigue, y le queda) de desmontaje de toda su propaganda vacía, hoy puede verse acelerado (ojalá) por las tecnologías de la información, medios que ofrecen tantas posibilidades de comunicación, como variantes (he ahí el extraordinario peligro) para impedir y controlar la libre difusión de ideas y pensamientos.

Mucho me temo que ni el hastío que sienten (sentimos) muchos cuando miran al poder desde abajo es nuevo, ni la necesidad de algo mejor, ni la imposibilidad de renunciar a una quimera.