Es evidente que los periódicos son libres para publicar lo que les plazca, siempre que se respeten los límites de la ley en la libertad de expresión.
Es evidente que los partidos pueden opinar lo que deseen. Respetar, apoyar o escamarse. Pueden hasta, según parece, imponer a sus cargos el voto imperativo, brazo en alto, según puede verse en las retransmisiones de algunos debates del Congreso de los Diputados.
Es evidente que cualquiera puede utilizar en su defensa cualquier medio legítimo, en forma proporcionada y como le venga en gana.
Es evidente que todos deberíamos tener derecho a mostrar nuestra preocupación, jalear o presionar del modo en que nos convenga, aunque, lamentablemente, hemos constatado que no es así.
Es evidente que la Justicia de este país no es justa ni independiente. Que, además, nadie tiene gana alguna de mejorarla.
Es evidente que en este país algunos territorios tienen privilegios que asquean a los demás, y es evidente que algunos privilegiados sienten al resto como un lastre atado a sus piernas.
Es evidente que en España hay ciudadanos de primera y ciudadanos de tercera: muchos de los primeros ladran como perros rabiosos, y los más de los segundos se limitan a hacer sonar sus esquilas mientras avanzan al paso, con las cabezas gachas.
Es evidente que aquí tenemos demasiadas banderas y gentes de diversos pelajes dispuestas a idolatrarlas.
Es evidente que los pueblos tienen derecho a decidir su futuro y si lo han votado libremente, con mayor motivo.
Es evidente que cualquiera que considere vulnerados sus derechos debería poder acudir a los tribunales, con la esperanza de que le den la razón o se la quiten cuanto antes y con eficacia.
Es evidente que nuestras leyes prevén la existencia de un órgano jurisdiccional (un tribunal, vamos) que sirva para controlar que las leyes emanadas de los representantes del pueblo (ja) se ajustan a lo escrito en otras leyes de jerarquía superior.
Es evidente que ese órgano jurisdiccional que debería velar por la coherencia del sistema jurídico está putrefacto. Huele a terreno fertil para el cabildeo político.
Es evidente que en las sociedades democráticas no debería quedar espacio para la discriminación y que los ciudadanos deberían tener las mismas garantías, derechos y deberes en todas partes del territorio, que aquí no debería haber sitio para la desigualdad.
Es evidente que debería abrirse la puerta para que quien no quiera estar se marche, y antes, ajustar cuentas.
Hay tantas cosas evidentes en todo este asunto que nadie tiene el valor de ponerle una claridad que necesita de inmediato.
viernes, 27 de noviembre de 2009
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