Admiro la manera en que escribe Ray Loriga en obras como, por ejemplo, Tokio Ya No Nos Quiere.
En su artículo de ayer hablaba de Chile y Argentina, países que nos han regalado a Bolaño y a Cortazar, por ejemplo, o a Maradona y a Zamorano, otro ejemplo, para acabar diciendo que es muy castellano dar órdenes sin tener nada que decir e inventar nombres para cosas que no tenemos: nos falta el mar y eso nos trastorna. Es muy posible, y está muy bien eso de meterse con lo propio, y generalizar es cosa que hacemos todos.
En Castilla hay gente que da órdenes, desde luego. Muy posiblemente no sepan para qué. Eso pasa en muchos otros lugares del planeta. Pero el caso es que hay mucha más gente que las obedece, exactamente lo mismo que en otros sitios, incluidos Chile y Argentina. La banda, en lugares trillados por la historia (o lo que es lo mismo, en todas partes), ha tendido a constatar, mucho antes que Nietzsche, que en esta vida las relaciones de poder mandan. Someone rules, dicen los raperos.
Por todos lados hay mucha más gente que es carne de cañón. Mucha más gente sojuzgada, que ha ido y ha vuelto porque les han mandado ir y volver, o porque cada vez les dejan menos opciones y, en el caso de Castilla, que tienen que dejar su páramo mesetario: no queda muy lejos el momento en que aquello quedará convertido en un erial plagado de hermosos castillos, lobos, liebres, catedrales e iglesias, y también de pequeñas ciudades insignificantes que sólo serán noticia por algún suceso desagradable que pase de vez en cuando: ya lo es: en realidad lo ha sido siempre. Castilla, particularmente, ha sido desde hace mucho tiempo una excusa hecha de pastos y ovejas, pinares talados y galgos corredores.
Hay que reconocerlo, hemos querido ponerle nombre a la quimera, pero no hemos sido los primeros. Tampoco, me temo, los más imaginativos. Desde luego es cierto que hemos llevado nuestra lengua tan lejos como nos ha sido posible. España debe de ser otra de esas cosas que nombramos pero que no tenemos, otra de esas órdenes dadas sin que hubiera nada que decir, un imperio fardón y orgiástico para los aprovechados de siempre (que también los hay por todo el mundo), un padecimiento para los más.
Y sí, debe ser que nos falta la costa, más que el mar, porque preferimos morir sin saber porqué a que nos llamen cobardes. Tenemos miedo, desde hace mucho tiempo, a lo que la gewere pueda decir (más que pensar) de nosotros.
Es una cuestión cultural, supongo.
Y nuestro peor mal. El caso es que, como por otros lares, abundan los que se tragan la milonga de turno y la metabolizan tanto que se transforman en sanguinarios papistas. Es muy posible que a esto se refiera Loriga.
lunes, 23 de noviembre de 2009
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