viernes, 27 de noviembre de 2009

Libertad. Manifiesto de esta única persona

Es evidente que los periódicos son libres para publicar lo que les plazca, siempre que se respeten los límites de la ley en la libertad de expresión.

Es evidente que los partidos pueden opinar lo que deseen. Respetar, apoyar o escamarse. Pueden hasta, según parece, imponer a sus cargos el voto imperativo, brazo en alto, según puede verse en las retransmisiones de algunos debates del Congreso de los Diputados.

Es evidente que cualquiera puede utilizar en su defensa cualquier medio legítimo, en forma proporcionada y como le venga en gana.

Es evidente que todos deberíamos tener derecho a mostrar nuestra preocupación, jalear o presionar del modo en que nos convenga, aunque, lamentablemente, hemos constatado que no es así.

Es evidente que la Justicia de este país no es justa ni independiente. Que, además, nadie tiene gana alguna de mejorarla.

Es evidente que en este país algunos territorios tienen privilegios que asquean a los demás, y es evidente que algunos privilegiados sienten al resto como un lastre atado a sus piernas.

Es evidente que en España hay ciudadanos de primera y ciudadanos de tercera: muchos de los primeros ladran como perros rabiosos, y los más de los segundos se limitan a hacer sonar sus esquilas mientras avanzan al paso, con las cabezas gachas.

Es evidente que aquí tenemos demasiadas banderas y gentes de diversos pelajes dispuestas a idolatrarlas.

Es evidente que los pueblos tienen derecho a decidir su futuro y si lo han votado libremente, con mayor motivo.

Es evidente que cualquiera que considere vulnerados sus derechos debería poder acudir a los tribunales, con la esperanza de que le den la razón o se la quiten cuanto antes y con eficacia.

Es evidente que nuestras leyes prevén la existencia de un órgano jurisdiccional (un tribunal, vamos) que sirva para controlar que las leyes emanadas de los representantes del pueblo (ja) se ajustan a lo escrito en otras leyes de jerarquía superior.

Es evidente que ese órgano jurisdiccional que debería velar por la coherencia del sistema jurídico está putrefacto. Huele a terreno fertil para el cabildeo político.

Es evidente que en las sociedades democráticas no debería quedar espacio para la discriminación y que los ciudadanos deberían tener las mismas garantías, derechos y deberes en todas partes del territorio, que aquí no debería haber sitio para la desigualdad.

Es evidente que debería abrirse la puerta para que quien no quiera estar se marche, y antes, ajustar cuentas.

Hay tantas cosas evidentes en todo este asunto que nadie tiene el valor de ponerle una claridad que necesita de inmediato.

martes, 24 de noviembre de 2009

Como era previsible, la reforma laboral

Parece que todos los expertos, dentro y fuera de nuestras fronteras, están de acuerdo en que el mercado laboral español necesita reformarse pero ya mismo.

Según parece, las condiciones en que los trabajadores quieren trabajar en nuestro país no son nada competitivas, pese a lo que dicen ejemplos palmarios como los de Vigo o Figueruelas, con respecto a lo que se estila por ahí fuera.

Ahora, Gobierno y sindicatos dicen que sí a una posible reforma, cuando hasta hace dos días decían que no. Muy coherente por sus partes.

La reforma, como los impuestos, es para que la sufran los de siempre, de tal modo que si no somos competitivos pues tendremos que ser más baratos y si hay que pagar más impuestos, pues, coño, como se los vamos a subir a los ricos, que se van.

Eso es lo triste, lo habitual, lo incorregible.

Por supuesto que hay que reformar, la vida permanece en obras siempre. Otra cosa es que la reforma sea justa o que consiga su propósito.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Ideas de Castilla

Admiro la manera en que escribe Ray Loriga en obras como, por ejemplo, Tokio Ya No Nos Quiere.

En su artículo de ayer hablaba de Chile y Argentina, países que nos han regalado a Bolaño y a Cortazar, por ejemplo, o a Maradona y a Zamorano, otro ejemplo, para acabar diciendo que es muy castellano dar órdenes sin tener nada que decir e inventar nombres para cosas que no tenemos: nos falta el mar y eso nos trastorna. Es muy posible, y está muy bien eso de meterse con lo propio, y generalizar es cosa que hacemos todos.

En Castilla hay gente que da órdenes, desde luego. Muy posiblemente no sepan para qué. Eso pasa en muchos otros lugares del planeta. Pero el caso es que hay mucha más gente que las obedece, exactamente lo mismo que en otros sitios, incluidos Chile y Argentina. La banda, en lugares trillados por la historia (o lo que es lo mismo, en todas partes), ha tendido a constatar, mucho antes que Nietzsche, que en esta vida las relaciones de poder mandan. Someone rules, dicen los raperos.

Por todos lados hay mucha más gente que es carne de cañón. Mucha más gente sojuzgada, que ha ido y ha vuelto porque les han mandado ir y volver, o porque cada vez les dejan menos opciones y, en el caso de Castilla, que tienen que dejar su páramo mesetario: no queda muy lejos el momento en que aquello quedará convertido en un erial plagado de hermosos castillos, lobos, liebres, catedrales e iglesias, y también de pequeñas ciudades insignificantes que sólo serán noticia por algún suceso desagradable que pase de vez en cuando: ya lo es: en realidad lo ha sido siempre. Castilla, particularmente, ha sido desde hace mucho tiempo una excusa hecha de pastos y ovejas, pinares talados y galgos corredores.

Hay que reconocerlo, hemos querido ponerle nombre a la quimera, pero no hemos sido los primeros. Tampoco, me temo, los más imaginativos. Desde luego es cierto que hemos llevado nuestra lengua tan lejos como nos ha sido posible. España debe de ser otra de esas cosas que nombramos pero que no tenemos, otra de esas órdenes dadas sin que hubiera nada que decir, un imperio fardón y orgiástico para los aprovechados de siempre (que también los hay por todo el mundo), un padecimiento para los más.

Y sí, debe ser que nos falta la costa, más que el mar, porque preferimos morir sin saber porqué a que nos llamen cobardes. Tenemos miedo, desde hace mucho tiempo, a lo que la gewere pueda decir (más que pensar) de nosotros.

Es una cuestión cultural, supongo.

Y nuestro peor mal. El caso es que, como por otros lares, abundan los que se tragan la milonga de turno y la metabolizan tanto que se transforman en sanguinarios papistas. Es muy posible que a esto se refiera Loriga.