viernes, 16 de octubre de 2009

Los casos de corrupción se extienden por todas las democracias. Los políticos son humanos y, por lo tanto, débiles. Cada cual fija el umbral de su debilidad, es decir, su precio. Y, desde luego, no podemos dejarlo todo a una cuestión moral, como decía esta misma semana un sociólogo en un programa nocturno de debates en uno de estos canales nuevos de televisión digital.

Los casos de corrupción existen. No importan las ideologías porque la avaricia o la soberbia son circunstancias humanas, y, por lo tanto, comprensibles, aunque reprobables. Tengo muy claro que son más, muchos más de los que salen a la luz, y que, además, sólo conocemos los muy flagrantes o los que mueven sentimientos humanos poderosos, como son la venganza, por poner un simple ejemplo. Es decir que sólo se nos aparecen aquellos que son atractivos, llamativos, cantosos. Llamémosles como se quiera, pero mientras, se van de rositas muchos otros.

Se sabe que el problema está en el sistema, que es lento, trabajoso, complicado y que, en última instancia, castiga levemente. Si uno se porta bien, el futuro se presenta en forma de indulto.

La pasta no se devuelve jamás, siempre quedarán amigos en el partido de turno que le echarán una mano a uno de tal manera que siempre puede ganarse la vida al tiempo que se toca los cojones en algún cargo totalmente inútil.

Se sabe que el problema está en el sistema, pero no se hace nada para solucionarlo, porque quienes tienen que solucionarlo no parecen dispuestos a cerrar las trampillas que de4jan las leyes.

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