Verano. Mangas cortas. Metro.
Y en la cercanía, se hacen más visibles pulseras, tatuajes y relojes.
El de cada persona que lo lleva marca una cosa distinta, su propio tiempo.
Y el compás de los números de cristal líquido que cambian es diferente del de las manecillas que recorren una circunferencia a pequeños saltos.
Cada reloj parece ajeno a cualquier otro, indiferente.
Ni siquiera parecen ponerse de acuerdo en que el tiempo huye, o en que a veces ya es demasiado tarde, o muy pronto, o que en definitiva no importa, porque todo parece, desde esta perspectiva imperfecta, desvanecerse como en una estela infinita, leve y postrera.
jueves, 30 de junio de 2011
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