miércoles, 13 de abril de 2011

La pregunta adecuada

Llegó la hora del último paseo del día para el perro.

Correa, llaves que cierran la casa. El ascensor.

Ya en la calle, la noche me pareció tibia. Mucha gente charlaba en las terrazas que debíamos cruzar antes de llegar al parque.

Cerca de donde pasábamos, una mujer morena y con ojos de hermosa madera barnizada acercó sus manos para acariciar al perro, mientras le hablaba: "Y tú, ¿también piensas lo mismo?"

"Pues, aunque pudiera hablar", le dije, "tampoco sabría a qué tendría que responderte".

"Es cierto", contestó dirigiéndome su mirada. Y continuó, tras un silencio breve, inclinada todavía: "Dice, aquí, mi colega, que soy un pibón".

"Y lleva razón. Estás buenísima", le espeté, "pero mi perro, si pudiera hablar, te preguntaría por lo que llevas dentro".

"No, no te equivoques", seguí, " ni el perro es Diógenes reencarnado, ni le he prestado mi voz para que ladre lo que yo pienso. Digo que te preguntaría por lo de dentro para no llevarse sorpresas".

"Pero podría mentirle, y para cuando él hubiera...", le oí responder.

"No importa. Los perros huelen de inmediato el miedo que quiere tapar cualquier mentira", mascullé mientras mi perro tiraba de mí en dirección al parque.

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