Resultó que el poeta era gilipollas. Y malo, por supuesto.
En su escritura sólo había una orgullosa impostura, mentiras y desprecio, el mismo que desparramaba en su charla, que inhalaba mientras se colocaba las gafas, cuando alguien decía algo que consideraba inoportuno, conteniendo a duras penas una rabia extremadamente civilizada y que convertía en torrente dialéctico, verborrea, y hasta, llegado el caso, insultos contra personas o ideas, según viniera al caso.
Uno de sus poemas iba sobre la ausencia de brillos en la piel de la gente que va en el metro, sobre la extraordinaria tersura de las caras de los viajeros del transporte público y sobre tan buena vida, tan extraordinaria alimentación. En el mismo se preguntaba qué pasaría si todo se viniera abajo, si seríamos capaces de soportar el hedor de otros viajeros, si soportaríamos que nos transportaran en vagones sin desinsectar.
En otro, las metáforas bailaban alrededor de la inutilidad de los servicios telefónicos de atención al cliente. Ahí se hablaba de la desesperación del alpinista ante el muro de piedra, del regreso de Larra a la actualidad y de la actitud ovina de los telefonistas, para finalizar despotricando contra una sociedad de muermos que se limita mirar la televisión.
miércoles, 13 de enero de 2010
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