Hoy es el día previo a una huelga general convocada por los principales sindicatos del país contra la reforma laboral impulsada (y aprobada, desde luego) por un gobierno socialista que, entre otras cosas, abarata y subvenciona los despidos.
Y ante esta situación uno no sabe qué determinación tomar, aparte de asquearse.
Y esto se debe, fundamentalmente, a una desazón interna que me lleva a estar en desacuerdo con todos los actores de toda esta farsa, a medio camino entre el esperpento y la tragicomedia, o lo que es lo mismo, en otra producción dignísima de nuestra larga tradición escénica.
Vayamos por partes y con la cautela que exige el hecho de no querer simplificar, sabiendo de antemano que injustamente, individuos valiosos suelen caer en sacos de despojos.
Los sindicatos llegan tarde y mal. La reforma laboral ya está aprobada, así es que una movilización de este calibre no significa nada y demuestra la tardanza en responder que tienen instituciones tan burocratizadas y privilegiadas que producen repugnancia en la mayor parte de los trabajadores. Los sindicatos llegan, además, mal a la convocatoria de la huelga porque, sabedores de que su éxito no se mide por el seguimiento de la convocatoria sino por la repercusión del paro en medios nacionales y extranjeros, se han limitado a hacer proxelitismo entre trabajadores públicos y otros sectores en los que abundan las grandes empresas, en los que ellos tienen tremendo poder y en los que, por lo tanto, son capaces de mitigar las peores consecuencias de la reforma mediante convenios colectivos tan beneficiosos como alejados para el común de los trabajadores. Las centrales creyeron que el gobierno estaba del lado de los trabajadores (con mayor corrección, del lado de los trabajadores a los que ellos representan). Se equivocaron y ahora, ante esta situación, como niños malcriados, les da una pataleta con la mesa ya puesta para la cena y que tiene más de mohín, de pantomima, que de verdadero cabreo.
El empresariado de este país, por su parte, constituye un ente difuso y heterogeneo, en el que se mezclan desde autónomos a grandes potentados, pero que, a decir de muchos, se caracteriza (insistimos en la injusticia de las generalizaciones) porque ha venido compitiendo gracias a los menores costes laborales frente a países de nuestro entorno, en sectores ya trillados y poco innovadores, que exigen poco nivel inversor y aprovechando día a día lagunas legales para emplear a una fuerza de trabajo mal remunerada y en frágiles condiciones laborales. De ahí que nuestro mercado laboral sea tan precario. Dicen los empresarios que nuestro marco laboral no ayuda. Puede ser, pero mucho me temo que poca ayuda hace falta si a una gran dosis de la adecuada voluntad se le suman las ganas de invertir adecuadamente.
Por lo que respecta al gobierno cabe decir que ha producido un engendro que no servirá para solucionar los verdaderos problemas del trabajo en España. Adicionalmente, su acción no se ha visto acompañada de la acción para exigir a empresarios grandes y pequeños que arrimen el hombro. Cierto es que ni sindicatos ni representantes empresariales han facilitado la labor y, por ende, el ejecutivo ha contado con vía libre para hacer el paripé de que tiraba por la calle de enmedio. No es cierto. Le han cantado las cuarenta en esos ágapes internacionales que pagamos todos y ha tenido que sacar de la chistera un conejo que sólo servirá para ahondar las diferencias entre trabajadores y para recortar salarios en una espiral de despido fácil y subvencionado. Este gobierno subió al poder como una solución de izquierdas, pero tomó caminos que sólo llevan al pasado, se fundió todo lo ahorrado, hizo alguna cosa bien y, cuando le llamaron la atención, corrió a sentarse en la primer fila de la clase.
La oposición, desde el partido popular hasta los nacionalistas y la izquierda comunista, hacen el papel de los necrógafos en toda esta cadena trófica. Sabedores de que a este gobierno le queda recorrido limitado se limitan a esperar para despedazar el cadáver, acicalan sus plumajes en el ínterin y contemplan la agonía del moribundo, despertando en la ciudadanía la duda sobre qué harían ellos si estuvieran en el poder, sembrando descontento, desapego a la democracia y aborrecimiento de una clase que, primero, parece preocuparse por mantenerse en los sillones oficiales y, después, por gastarse la pasta pública con los amiguetes en una especie de monopoli. La oposición se limita a no hacer nada para no gastar energías.
Tanto gobierno como oposición son incapaces de apostar por medidas imaginativas y que amplíen la población que paga impuestos y, por tanto, aumenten la recaudación sin que tengan que pagar siempre los mismos. Unos y otros parecen resignados a que la economía sumergida se coloque entre en el 20 y el 25 por ciento y a hacer la vista gorda dependiendo de quien se trate.
La ciudadanía se debate entre la repugnancia del día a día y el ocio, que ocupa desde la supuesta relevancia política de algunos personajes del corazón hasta las últimas declaraciones del deportista en boga de turno. Y en esas parece aturdida. Y aturdidos, ocupados en naderías, tenemos lo que nos merecemos, ni más ni menos.
Y sin embargo, lo peor es que, tal y como ayer oí en la tele, el peso del factor trabajo en los productos interiores brutos de los países desarrollados es cada vez menor, lo que explica a todas luces el menguante peso de las decisiones políticas en la economía.
martes, 28 de septiembre de 2010
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